por Lluís Ribas de Pouplana
(Investigador ICREA del Institut de Recerca Biomèdica IRB Barcelona.
Jefe del Laboratorio de Traducción Genética)
Cuando, hace exactamente 60 años, se publicó la estructura
del ADN se abrió la compuerta de una revolución científica sin paragón anterior
o posterior. La cima de ese avance colosal se logró rápidamente, con la
determinación del código genético en 1961.
El código genético es una simple y única tabla de
instrucciones que usan todos y cada uno de los organismos de la tierra para
fabricar sus proteínas a partir de sus genes. En el contexto de este artículo
el código genético son los cientos de componentes celulares necesarios para
asignar un aminoácido a su sitio correcto en una proteína según una secuencia
de tres bases que constituyen la unidad mínima de significado de los genes
(esta maquinaria leerá una secuencia genética de tres mil bases y generará una
proteína de 1000 aminoácidos).
Entre las muchas características sorprendentes del código
genético destaca su fiabilidad. A pesar de ser el proceso más intenso que tiene
lugar en cualquier célula, y el responsable de la construcción de gran parte de
la materia que constituyen los organismos, el sistema es tan fiable que solo
genera un error por cada cinco mil aminoácidos incorporados. Esta exquisita
selectividad garantiza el correcto funcionamiento de la célula y la continuidad
genética de las especies.
La posibilidad de manipular la maquinaria del código
permitió, hace unos cuarenta años, el nacimiento de la ingeniería genética, y a
partir de ahí la biología molecular invadió nuestras vidas y no ha dejado de
mejorarlas en prácticamente todos los ámbitos. Pero la dinámica de la
investigación científica es implacable en su capacidad para desbordar antiguos
descubrimientos y desplazarse hacia nuevos retos. Así, durante mucho tiempo, el
código genético fue quedando en la trastienda de la biología celular, como base
permanente de tecnología, pero lejos de los focos de atención que otros tópicos
reclamaban. Y justamente, pues la biomedicina, la neurobiología, la biología
estructural, la biología del desarrollo, y tantas otras disciplinas continúan
adelantando nuestro entendimiento de la vida, y proporcionando soluciones a los
muchos retos que nos quedan.
Entretanto el estudio de la compleja maquinaria necesaria
para fabricar proteínas a partir de un gen siguió un camino más anónimo,
dirigido hacia una comprensión de los detalles moleculares que permiten que el
código genético se aplique de forma tan exquisita. Este análisis sistemático,
en el que han participado centenares de laboratorios en los últimos cincuenta
años, nos ha permitido comprender con gran detalle el funcionamiento interno de
la maquinaria de síntesis de proteínas, pero prestando menos atención a la
integración de esta misma maquinaria con el resto de moléculas, vías
metabólicas, y macroestructuras que también constituyen las células y los
tejidos. La situación podría compararse a la del ingeniero que, obsesionado por
el funcionamiento interno de una caldera, olvida momentáneamente estudiar como
integrará la máquina en el edificio que la necesita.
Eventualmente, sin embargo, la realidad se impone, y las
conexiones funcionales que ligan íntimamente el código genético al resto de la
célula empiezan a emerger. Y lo hacen, como era de esperar, desde ambos lados
del problema. Es decir, investigadores dedicados al código genético empiezan a
revelar los puntos de contacto con otros sistemas biológicos e investigadores
biomédicos, neurobiólogos, oncólogos y muchos otros son conducidos al código
genético desde sus líneas de investigación habituales.
Algunos ejemplos: estudiosos del metabolismo revelan que las
células leen su estado nutricional a través de la velocidad con qué algunos
aminoácidos son incorporados a proteínas, y utilizan ese parámetro para
determinar su necesidad de determinados nutrientes. O investigadores dedicados
al desarrollo de formas artificiales de vida llegan a la conclusión que solo
entendiendo y manipulando el código genético seremos capaces de crear
organismos nuevos y funcionalmente útiles. Por otro lado múltiples grupos
dedicados al estudio de la traducción genética demuestran que esos componentes
tan centrales del código son de hecho pluriempleados celulares capaces de
participar en una gran variedad de procesos siguiendo las necesidades del
organismo.
¿Como se estructuran y organizan todas estas líneas
convergentes de investigación? Pues, entre otras soluciones, promoviendo el
diálogo de los investigadores que, por su naturaleza dispar, casi nunca
coinciden físicamente en congresos, ni leen asiduamente sus trabajos
respectivos. Esta fue precisamente la motivación principal de la Conferencia
Barcelona Biomed que, con el apoyo de la Fundación BBVA, organizó el Institut
de Recerca Biomèdica (IRB Barcelona) del 2 al 4 de diciembre en Barcelona. Un
centenar de investigadores de todo el mundo con el único nexo en común de
haberse encontrado, consciente o inconscientemente, trabajando sobre el código
genético compartieron sus resultados. La intención ha sido y sigue siendo la de
promover el diálogo entre disciplinas dispares, y fomentar la aparición de
nuevas colaboraciones en las interfases entre proyectos. Al fin y al cabo la
diversidad máxima siempre se encuentra en las transiciones entre ecosistemas, y
el código genético participa en todos los ambientes de la célula.
Fuente: Diario El País