"Yo nací por ovodonación. Es decir: el óvulo de una
donante junto con el semen de mi papá formaron un embrión y éste fue
transferido al útero de mi mamá, donde anidó y se desarrolló hasta el momento
en que nací."
Quien explica con tanta certeza como naturalidad el proceso
gracias al que nació es Lara, una adolescente que cuenta sobre sus orígenes en
un video que subió a YouTube. El objetivo fue buscar otros casos como el suyo,
pero también difundir uno de los tantos aspectos irresueltos en materia de
reproducción asistida en nuestro país: el derecho de quienes fueron concebidos por
donación de óvulos y espermatozoides a conocer la identidad de sus padres
genéticos.
Entre los 12.000 tratamientos de fertilización asistida de
todo tipo que se producen por año en la Argentina se estiman alrededor de 1000
nacimientos anuales que previamente requirieron donación de semen o de óvulos
de terceros, como sucedió en el caso de Iara. Las causas hoy exceden los
límites de la medicina: a la imposibilidad de lograr un embarazo con los óvulos
o espermatozoides de la pareja por cuestiones médicas se le suma la necesidad
cada vez más instalada y naturalizada de recurrir a la donación de terceros ya
sea porque no hay pareja, o bien en los casos de parejas homosexuales.
Pero desde que algunos de los nacidos mediante esa técnica
-que, en la jerga, se denomina "donación de gametas"- ya tienen la
edad suficiente como para hacerse oír, se han vuelto más consistentes los ecos
de un reclamo que ya se venía escuchando en otras latitudes para que la
donación deje de realizarse como hasta ahora, de manera anónima, y se permita,
a quienes así lo deseen, obtener información acerca de sus orígenes biológicos
y, eventualmente, conocer a su donante.
Este complejo cruce entre lo biológico, lo afectivo, lo
genético y hasta lo monetario -no olvidemos que se trata de tratamientos
costosos, que aún, en muchos casos, no cubren las obras sociales y las
prepagas- no ha obtenido todavía la suficiente atención del Estado en materia
regulatoria. Así es como lo que manda es la tradición y la costumbre. Y también
el miedo a la hora de contar la verdad. De hecho, de acuerdo con una encuesta
realizada por la clínica de fertilidad CEGyR, apenas el 10% de las familias que
se han sometido a tratamientos les cuentan a sus hijos cómo fueron concebidos.
Las clínicas en las que funcionan bancos de semen y de
óvulos garantizan tanto a los donantes como a los receptores la condición de
anonimato, como una manera de evitar cualquier posibilidad futura de demandas
por paternidad o por impugnaciones filiatorias. De esta manera, la mujer que,
tras someterse a esta técnica, queda embarazada, será reconocida por la
Justicia como la madre de ese hijo que dé a luz más allá de que el material
genético sea o no suyo. Lo mismo puede decirse, en el caso de las parejas
heterosexuales, del padre de esa criatura.
En tiempos de maternidades postergadas gracias a que la
ciencia permite congelar óvulos propios, así como lograr embarazos mediante
donación de óvulos, espermatozoides y hasta embriones de terceros allí donde la
naturaleza venía diciendo que no, estas nuevas realidades están instalando
otros paradigmas culturales: hoy en día, lo que se valora por encima del lazo
genético es la "voluntad procreacional", es decir, quiénes fueron los
que desearon y lograron -con ayuda de la ciencia- ese embarazo, más allá de los
métodos utilizados para lograrlo.
Pero la genética, al parecer, insiste, como puede observarse
en la creación de algunas organizaciones internacionales en países como los
Estados Unidos o Australia, que se dedican a conectar padres y hermanos
genéticos, a veces por necesidades vinculares y otras, simplemente, por mera
curiosidad.
Identidad vs. Intimidad
Lo cierto es que el ejercicio pleno del derecho a la
identidad que reclaman muchos nacidos gracias a la donación de gametas tanto
aquí como en el mundo colisiona con otro que es, hasta ahora, el que manda: el
derecho a la intimidad, garantizado por los bancos de gametas tanto a los
donantes como a las parejas que las reciben. La posibilidad de que esta
condición deje de existir abre múltiples interrogantes. ¿Qué pasaría si la
donación dejara de ser anónima? ¿Habría menos donantes? Por otra parte, la
posibilidad de conocer la procedencia de las gametas, ¿alteraría el vínculo
afectivo entablado entre esa persona y sus padres?
Algunas cifras mundiales demuestran que en los países en los
que el anonimato dejó de regir, el impacto sobre el caudal de donantes no fue
significativo. Por ejemplo, en Suecia, cuando en 1985 entró en vigencia la ley
que requería la identificación de los donantes, se temió una merma de éstos,
pero actualmente la tendencia es ascendente. Algo semejante ocurrió en
Inglaterra.
En nuestro país, entre quienes se muestran a favor de que la
donación de gametas deje de ser anónima, existe suficiente consenso respecto de
la necesidad de un registro nacional que centralice los datos de todos los
donantes y receptores, a fin de que, una vez alcanzada la mayoría de edad, cualquier
persona pueda acercarse y obtener información sobre sus orígenes.
Sin embargo, el proyecto de Código Civil que está próximo a
debatirse en el Congreso establece que la donación debe ser anónima, excepto
que el interesado exponga fundadas razones ante la Justicia, o que esté en
riesgo su salud.
"¿Qué razón más debidamente fundada puede existir que
la necesidad de conocer todos los aspectos que construyen la identidad de una
persona? Nuestra organización viene luchando desde hace mucho tiempo para que
se garantice el derecho a la identidad de los nacidos. Y también para que el
Estado tome cartas en el asunto. No hay un protocolo que deban cumplir las
clínicas en materia de donación de gametas y embriones. Y lo que es más grave:
tenemos casos de chicos nacidos mediante estas técnicas en clínicas que han
cerrado. Y nadie sabe qué pasó con sus datos", denuncia Isabel Rolando,
presidenta de la Asociación Concebir, que acompaña desde hace casi 20 años la
lucha de miles de parejas con dificultades para tener hijos de manera natural.
A pesar de que esta disciplina lleva décadas en la
Argentina, no existe al día de hoy una ley específica que regule esta actividad
tan delicada como cargada de aspectos controversiales. La falta de acuerdo,
incluso, en algunos de sus principales aspectos fundantes quedó en evidencia el
año último, con las idas y venidas en el artículo 19 del anteproyecto de
reforma del Código Civil del oficialismo, que establece el inicio de la vida
humana con la concepción. Pero ¿qué se entiende por concepción en el ámbito de
la reproducción humana asistida?
"Nosotros valoramos la existencia de una ley, la
26.862, sancionada en 2013, que estableció que la infertilidad debe ser
cubierta por obras sociales y prepagas. Es un gran primer paso, pero ahora hay
que continuarlo. En ese sentido, nosotros propiciamos que haya un registro de
centros habilitados, así como un registro único de donantes de gametas y
embriones. Y así como hay regulación filiatoria específica en materia de
adopción, también debería existir en estos casos", puntualiza Sebastián
José Gogorza, presidente de la Sociedad Argentina de Medicina Reproductiva
(Samer), entidad que nuclea a clínicas y especialistas.
El proyecto de reforma del Código Civil también fijará
pautas en materia filiatoria para los casos en los que se hayan utilizado
técnicas de fertilización asistida, estableciendo que los padres de los nacidos
serán los que hayan prestado la voluntad procreacional, más allá de la
procedencia del material genético. Y establece, en una cláusula transitoria,
que deberá sancionarse una ley específica que regule asuntos para nada menores,
como el destino de los miles de embriones congelados en las diferentes clínicas
del país.
"Hoy, en la Argentina, nace una gran cantidad de niños
mediante técnicas de reproducción asistida. Por lo cual, los fuertes vacíos
legislativos terminan por perjudicar a los usuarios que deben recurrir a la
Justicia o a la costumbre y la práctica según el centro de salud del que se
trate, con el temor que se deriva de que no haya pautas y reglas claras comunes
para todos", reconoce Marisa Herrera, especialista en derecho de familia e
investigadora del Conicet.
Pensar en los chicos
En el marco de un vacío legislativo entonces mucho más
profundo, hace unos trece años Marcela T. se sometió a un tratamiento de
fertilidad en una clínica ubicada en el partido de San Martín. Un cuadro
avanzado de varicocele en quien entonces era su marido sólo permitía pensar en
la posibilidad de un embarazo con la ayuda de la ciencia.
Luego de la estimulación ovárica, le extrajeron 16 óvulos.
Como la pareja no estaba en condiciones económicas de congelar el excedente, la
clínica le propuso donar los que no fueran a fertilizarse. Según le explicaron
entonces, muchas mujeres imposibilitadas de ser madres con óvulos propios
estaban a la espera de que alguien donara los suyos.
Marcela decidió donar diez óvulos que, según le dijeron en
la clínica, serían destinados a tres mujeres. De los seis fertilizados para
ella, prosperaron tres. "Sabía que existía el riesgo de que prendieran
todos. Pero no podía elegir implantarme dos y descartar uno, así que decidí
implantarme los tres y que fuera lo que Dios quisiera." Ninguno prosperó.
"Cuando fui a la consulta final, le pregunté al doctor
qué había pasado con esas mujeres. Él no me quería responder. Le insistí y al
final me dijo que ninguno había prendido. Yo le creí en ese momento, pero hoy
no estoy segura de que me haya dicho la verdad. Tal vez simplemente me dijo lo
que me tenía que decir, porque no sabía cómo podía llegar a tomarlo si me decía
que mis óvulos habían sido fructíferos en otras mujeres. En realidad, yo sólo
quería saber si alguna de esas historias había tenido final feliz?",
reconoce.
Hoy en día no descarta la posibilidad de que algún día
alguien pueda tocarle la puerta. "Soy consciente de que algún día alguien
nacido de esa donación podría venir a golpearme la puerta. La posibilidad
existe desde el momento en que doné. Pero no es algo que esté presente en mi
cabeza. Si eso pasara, más allá de la emoción que me provocaría conocer a esa
criatura que hoy debería tener entre doce y trece años, yo le pediría conocer a
su mamá. Porque sólo el que quiere tener hijos y no puede, puede entender en
verdad lo que yo hice", sostiene.
Con frecuencia suele arrogársele a la ciencia la potestad de
haber sido la principal impulsora de los profundos cambios que nuestra sociedad
atraviesa en materia de constituciones familiares. Florencia Luna,
investigadora principal del Conicet y coordinadora del programa de bioética de
Flacso, considera que esa afirmación es un tanto injusta. "Los vínculos se
vienen transformando desde hace tiempo. El modelo de familia tipo entró en crisis
hace bastante y desde entonces el espectro se ha completado con divorcios,
familias ensambladas? Cambios fuertes que se complejizan un poco más con el
matrimonio igualitario y a los que tenemos que adicionarles los avances de la
ciencia", puntualiza la especialista.
En su trabajo "No todo lo que se puede hacer se debe
hacer", Luna reconoce que "[?] hay muchos niños nacidos por estas
técnicas que desean establecer algún tipo de relación con sus «medios hermanos
genéticos», quieren saber? ya sea porque temen llegar a casarse o a enamorarse
de alguno de ellos, ya sea para buscar afinidades. Ya existen varios registros
de medios hermanos genéticos y donantes que dan cuenta de esta necesidad, no
sólo por parte de los niños, jóvenes y adultos, sino también de muchos de los
padres. Por ejemplo, el Donor Sibling Registry en Australia tiene 38.841
registros (donantes, padres y concebidos con donantes) y ayudó a encontrar a
9944 medios hermanos".
"La cuestión del anonimato -opina la especialista en
diálogo con La Nación- cercena la posibilidad de conocer los orígenes. Hay
estudios que demuestran que la necesidad de conocer existe. A veces para
descubrir si cierta afinidad musical o facilidad con las matemáticas tal vez es
ancestral; otras, por mera curiosidad. También, especialmente en los casos de
familias monoparentales o reducidas, el conocer puede permitir ampliar la red
familiar. En cualquier caso y contra lo que suele pensarse, un esquema sin
anonimato piensa más en el niño, en tanto que un sistema que se articule sobre
el anonimato de los donantes está principalmente centrado en el médico y las
parejas."
"Habiendo tenido la experiencia que tuvimos de una
dictadura militar que ha dejado como saldo miles de desaparecidos y muchos de
sus hijos apropiados, violándose, así, el derecho a la identidad, me resulta
chocante que se pase por alto la ausencia de un registro con la excusa de que
si la donación no fuera anónima habría menos donantes", provoca Iara,
desde YouTube, demostrando que los otros actores involucrados en este proceso
-los nacidos- también tienen algo para decir. Tal vez haya llegado la hora de
escucharlos.
Entrevista
Viviana Bernath, doctora en Biología Molecular y autora del
libro "ADN. El detector de mentiras" (DEBATE)
Hoy en día, nuestra sociedad está replanteándose qué se
entiende por identidad o qué involucran los vínculos filiales. Los avances
científicos en materia de reproducción asistida, ¿están incidiendo sobre este
replanteo?
El clásico "lo lleva en la sangre" que
históricamente solíamos escuchar de padres y abuelos dio paso a otra frase que
escuchamos desde hace tiempo: "Lo lleva en el ADN". Sin embargo, lo
que ahora estamos preguntándonos es cuánto de la identidad proviene de lo
biológico, cuánto del ADN y cuánto de lo ambiental. Nosotros somos la
conjunción de lo biológico más lo ambiental. Todo lo que nos pasó en la vida,
desde si fuimos hijos deseados en adelante, son factores que interaccionan
sobre nuestra identidad. Las experiencias cotidianas van haciendo que nosotros
cambiemos y vayamos modificando lo que fuimos el día anterior.
Pero hay cuestiones que están determinadas específicamente
por lo genético?
Sí. La genética es determinante sobre el fenotipo, es decir,
la apariencia física, o sobre la herencia biológica en la transmisión de
enfermedades, por citar apenas unos ejemplos. Pero el impacto de la crianza es
tan fuerte que tal vez lo biológico vaya perdiendo peso. De hecho, hoy en día
hay hijos que nacen por las nuevas técnicas y que no comparten lazos biológicos
con uno o con los dos miembros de la pareja. Pero al que donó ese material
genético se lo considera donante, no se lo considera padre o madre. Y hacia
allí vamos: cada vez más vamos a hablar de roles, más allá del vínculo
biológico.
¿Cómo se zanja en este esquema que usted plantea la cuestión
del desconocimiento de los antecedentes genéticos en términos clínicos,
teniendo en cuenta que la donación de gametas se realiza de manera anónima?
Si hay una predisposición genética, para algunas
enfermedades como hipertensión arterial o diabetes, hoy contamos cada vez más
con estudios para conocerla, perfectamente practicables aun cuando no se sepa
cuáles fueron los padres biológicos. Y esto va a ir aumentando a medida que
avance la medicina personalizada, que toma como base el estudio de ADN.
Entre muchos de los que promueven la necesidad de que la
donación de gametas deje de ser anónima se suele mencionar el potencial riesgo
a la consanguinidad a la hora de formar pareja en un futuro. ¿Será un aspecto a
tener en cuenta?
La chance de consanguinidad en las parejas es más alto. En
gran medida porque las personas se mueven en ciertos núcleos, en los que trabajan,
viven, se tratan por cuestiones médicas... Tanto donantes como receptores
eligen ciertas clínicas porque, entre otras cosas, están dentro de ese núcleo
en el que se mueven. Por eso es tan importante decirles a los chicos la verdad.
Es información con la que tienen que contar.
¿Usted está de acuerdo con que la donación de gametas se
realice en forma anónima?
Yo creo que es importante tener la posibilidad de conocer el
origen si alguien así lo quiere. Me parece que forma parte de los derechos
humanos. Pero tendría que poder hacerse dentro de un marco bien regulado que
proteja a todos los actores intervinientes. Suele decirse que muchos
estudiantes han financiado y financian sus estudios realizando donaciones en
este tipo de clínicas porque los donantes reciben dinero por hacerlo. No sería
justo que, el día de mañana, los sorprenda una demanda por paternidad.
Fuente: Diario La Nación
Fuente: Diario La Nación