Cambio climático y globalización, entre los retos de la
salud en los próximos años. Los expertos reclaman un sistema de gobernanza mundial
frente a las nuevas amenazas.
Julio Frenk, especialista de la Universidad de Harvard, y
Suerie Moon, de la Escuela John F. Kennedy de Gobernanza Global (ambas,
instituciones estadounidenses), mencionaban los que a su juicio son los tres
factores que más van a modelar la salud -y la enfermedad- a nivel internacional
y que representan las mayores amenazas a nivel global. Por un lado, el reto aún
pendiente que suponen las enfermedades infecciosas, y que determinan sobre todo
el perfil de los problemas en las regiones de bajos ingresos, donde infecciones
como el VIH, la tuberculosis o la malaria; la malnutrición o los problemas de
mujeres y niños durante el parto siguen siendo los tres mayores enemigos de la
salud.
El segundo reto que mencionaba el artículo del NEJM
(publicado bajo el título Retos en la gobernanza de la salud global) tiene que
ver con el preocupante aumento de las llamadas enfermedades no comunicables,
como el cáncer o las patologías cardiovasculares, que han dejado de ser
amenazas exclusivas de los países ricos para emigrar a otros territorios con
menos recursos a medida que éstos abrazan hábitos como el tabaquismo o una mala
alimentación.
Finalmente, el tercer fenómeno al que habrá que prestar
atención como agente de cambio en los problemas de salud que serán
protagonistas en el siglo XXI es la propia globalización. Muchas de las
enfermedades que nos acompañarán (y que de hecho están ya con nosotros) no
entienden de fronteras, como se ha venido demostrando desde 2003 con la
aparición de nuevas infecciones (SRAS, diversas gripes de origen animal,
coronavirus...) que viajan fácilmente entre países gracias a los movimientos de
población.
Esta internacionalización obligará sin duda a replantear esa
gobernanza mundial que daba título al artículo y que pone de manifiesto que
ningún país por sí solo, ni está aislado de estas infecciones por muy alto que
sea su PIB, ni por sí solo será capaz de atajar estas nuevas amenazas
transfronterizas.
A estos tres retos, suman algunos especialistas consultados
por EL MUNDO otros dos de gran relevancia: el cambio climático y la
contaminación. Precisamente, este año, el Día Mundial de la Salud que se
conmemora cada 7 de abril estuvo dedicado a las enfermedades transmitidas por
vectores (mosquitos, chinches y otros insectos que actúan como transmisores de
los patógenos peligrosos para el ser humano) y en las que fenómenos como el
calentamiento global o la urbanización sin control están jugando un importante
papel, según la propia Organización Mundial de la Salud (OMS).
Sólo en 2010, la malaria causó 660.000 muertes en todo el
mundo, en su mayoría niños africanos, la población más vulnerable a esta
enfermedad; mientras el dengue -cuyo mayor foco de preocupación actual es
Brasil- ha multiplicado por 30 su incidencia en los últimos 50 años y amenaza
ya al 40% de la población mundial (unos 2.500 millones de personas). En total,
la OMS calcula que este tipo de enfermedades provocan al año más de mil
millones de nuevos casos y más de un millón de muertes, sobre todo entre las
poblaciones más vulnerables.
En la propagación de enfermedades como la malaria juega un
papel clave el cambio climático, como explicaba a este periódico con motivo de
dicho Día Mundial Antonio Daponte, director del Observatorio de Salud y Medio
Ambiente (Osman) de la Escuela Andaluza de Salud Pública. "Éste es
probablemente el mayor desafío para la salud pública en los próximos años y lo
es, en gran medida, por su influencia en los ecosistemas que provocan cambios
en los organismos vivos -como virus o bacterias- que afectan a la salud de las
personas".
De hecho, la OMS advierte de que el calentamiento global,
los cambios medioambientales, el aumento de los viajes y el comercio
internacional, la urbanización mal planificada o la alteración en las prácticas
agrícolas está detrás de este repunte de las enfermedades infecciosas. "El
aumento de las temperaturas se relaciona con el incremento de tempestades,
inundaciones y lluvias torrenciales que favorecen la multiplicación de los
mosquitos y otros vectores que transmiten enfermedades como la malaria o el
cólera", apuntaba en la misma línea Rafael Vilasanjuan, director del think
tank del Instituto de Salud Global de Barcelona.
Pero más allá de las infecciones, el cambio climático se
alía también con la contaminación atmosférica para agravar otros problemas de
salud en la población que vive en entornos urbanos, "y en un futuro no muy
lejano, la gran mayoría de la Humanidad vivirá en grandes urbes", recuerda
Daponte.
De hecho, ya hay líneas de investigación abiertas que tratan
de relacionar la contaminación ambiental con patologías como la obesidad, la
diabetes o la hipertensión y no únicamente patologías respiratorias, como se podría
pensar inicialmente. "Las partículas que respiramos, según el tamaño que
tengan, pueden entrar fácilmente en el torrente sanguíneo y reaccionar
químicamente con la frecuencia cardiaca, la tensión arterial o los sistemas de
coagulación".
A juicio de este especialista en salud pública, uno de los
problemas añadidos a este escenario es que no existe un sistema mundial de
gobernanza que permita tomar medidas para frenar estos daños a nivel mundial.
"Las estrategias nacionales están destinadas necesariamente a
fracasar", sentencia el investigador andaluz. En este sentido, el mismo
artículo del NEJM admitía que ese ideal gobierno mundial de la salud tiene
algunas limitaciones prácticas, como la propia inexistencia de organismos
mundiales con capacidad de liderazgo (más allá de la propia OMS) o de
mecanismos sancionadores por encima de la voluntariedad de los gobiernos
nacionales.
En este sentido, la directora de Alertas de la OMS, Isabelle
Nuttall, aseguraba a este periódico en una entrevista concedida con motivo del
décimo aniversario de la irrupción de la neumonía asiática (más conocida por
las siglas del virus que la causó, SRAS) que aquella primera epidemia del siglo
XXI había permitido aprender algunas lecciones y dar ciertos pasos hacia
adelante. Concretamente, Nuttall destacaba que esa enfermedad, desconocida e
internacional, favoreció el desarrollo de un nuevo marco legal (International
Health Regulations, IHR) que obliga a los 194 países miembros de esta
organización a notificar cualquier evento de salud que pueda expandirse más
allá de sus fronteras. Sin embargo, en 2014, esta normativa se ha visto de
nuevo en jaque con la aparición del coronavirus saudí -de nuevo un virus
inédito hasta la fecha en humanos y cuyo origen más probable está en los camellos-,
y cuya información por parte de Arabia Saudí (origen y principal foco del
brote) no se ha compartido con la comunidad internacional con la celeridad que
a los científicos les hubiese gustado.
Que la globalización afecta a la salud es ya una realidad cuando
se observan las tasas de diabetes u obesidad en países en desarrollo, ajenos
antes a patologías consideradas netamente occidentales. "El problema es
que a medida que los países se van desarrollando, copian exactamente el mismo
sistema socioeconómico que Occidente, también con nuestros errores",
apunta Daponte. Esa occidentalización explicaría que los accidentes de tráfico
o las patologías cardiovasculares sean ahora comunes "en sociedades en las
que hace sólo una generación pasaban hambre".
Las predicciones apuntan a que en 2050 los 7.000 millones de
habitantes que componen la población mundial podrían crecer hasta los 11.000
millones, «con el incremento más significativo en África y Asia», recuerda
Vilasanjuan, convencido de que una reducción de las tasas de mortalidad
infantil se traduciría en una demografía más estable: "Está demostrado que
los índices de mortalidad infantil se relacionan con un mayor número de hijos
por familia, porque los padres no tienen la seguridad de si sus hijos van a
vivir".
"Estamos acumulando mucha evidencia científica, hay
millones de personas trabajando en este campo y sabemos donde apuntar, pero no
vemos que ese conocimiento científico se traduzca en normas", añade el
experto de la Escuela Andaluza. A su juicio, demasiado a menudo, intereses
políticos y económicos "frenan cambios positivos para la salud. En salud
ambiental estamos acostumbrados a trabajar a la contra, con un esfuerzo enorme
por divulgar la información mientras desde ciertos estamentos se niega la
evidencia", reconoce.
Sin embargo, el futuro que acecha va a obligar a cambiar
muchas de las afirmaciones que hasta ahora se tenían por ciertas para adaptarse
a los nuevos retos globales que habrán de afrontarse.
Fuente: Diario El Mundo