Es un trastorno reumatológico que provoca dolor
generalizado, cansancio agotador y alteraciones del sueño. Su diagnóstico es
muy difícil y muchas veces llega recién después de años. Médicos, familiares y
amigos suelen creer que la persona está mintiendo.
Tarde de sábado; larga mesa en un bar de la avenida Díaz
Vélez: estas mujeres que charlan y ríen distan de ser la imagen del dolor. Sólo
algún gesto involuntario, alguna discreta crispación. En verdad, el dolor está
en ellas todo el tiempo y, para darle respuesta, se reúnen. Esta tarde hay una
integrante nueva, que hace poco recibió su diagnóstico de fibromialgia y se
angustia por la atención que no recibe en su obra social: “A todas nos pasó –le
explican–: el médico no entiende lo que a una le pasa”. Una de ellas cuenta que
dejó de ir al médico de su obra social: “En realidad él dejó de atenderme, dijo
que no podía hacer nada por mí, me mandaba al psicólogo”. Por eso ella prefiere
ir al hospital; claro que no a cualquiera, y le recomienda a la nueva el Tornú.
Ahora llegan unas compañeras de Rosario, se abrazan,
bienvenidas. Hablan, escuchan a la que se entristece porque, sin fuerzas, no es
capaz de alzar el brazo para cebar mate, ahora se alegran con la ilusión de un
sillón masajeador que podría aliviar los músculos doloridos, y una de ellas,
Miriam Zapata, dirigiéndose al cronista, muestra la foto de una chica con los
brazos cortajeados: “Se cortan, por el dolor y la depresión. Algunas se
suicidan sin avisar, otras avisan. He estado horas hablando por teléfono para
que no se maten”. Nueve de cada diez pacientes de fibromialgia son mujeres.
Gran parte de la ayuda que Miriam y otras pacientes dan a
sus compañeras se efectiviza por Facebook (fibromialgiabuenosai resprotestaya):
“Para entrar hay que solicitarlo, funciona como grupo cerrado porque muchas
veces las chicas no quieren que la familia se entere de lo que comentan. Les
bajamos información y las advertimos: no hay todavía una cura, pero muchos
pacientes de-sesperados se endeudan para pagar a médicos que engañan con falsas
curas”, cuenta Miriam.
Alejandra Petino Zappala, con sus tatuajes y sus piercings,
es quizá la más joven del grupo: “Tuve mi diagnóstico tres años después de
empezar los síntomas: mucho cansancio, dolores inexplicables cada vez más
frecuentes y cansancio, cada vez más, que no cedía con vacaciones, ni con nada.
Fui a médicos, hice montones de análisis distintos, hasta que se me ocurrió
buscar en Internet y vi que podía ser fibromialgia. Consulté a reumatólogos y,
sí, era eso”. Alejandra es bióloga, becaria doctoral del Conicet: “Desde que
tuve el diagnóstico, empecé la tarea de difundir lo que es la fibromialgia,
primero en un blog y después en Facebook”.
Esta necesidad de que la sociedad sepa qué es la
fibromialgia responde a que, tanto como los dolores físicos (¿o más?), les
duele que, como la fibromialgia no tiene signos evidentes, la gente les
descrea: “Hay amigos que hasta se ofenden y dicen: ‘Ya no querés salir, estás
hecho un vago’, o ‘Dale, descansá un poco y vení’ –cuenta Alejandra–; no
entienden que después de un esfuerzo podemos estar tres días sin movernos o con
dolores. También pasa en muchas parejas, hay chicas que se divorciaron por eso”.
El reumatólogo Julio Hofman –coordinador del Grupo de
Estudio de Fibromialgia de la Sociedad Argentina de Reumatología (SAR)– explicó
que “la fibromialgia tiene tres síntomas cardinales: el dolor generalizado, el
cansancio agotador y las alteraciones del sueño. Se agregan síntomas muy
diversos: dolores de cabeza, trastornos digestivos como diarrea o constipación,
trastornos ginecológicos y otros. El tratamiento tiene tres pilares. Uno es la
medicación: se usan ciertos anticonvulsivantes y antidepresivos; también,
llegado el caso, opiáceos; pero son inútiles los antiinflamatorios o los
corticoides. Segundo, la rehabilitación: gimnasia aeróbica suave, natación, tai
chi. Tercero: el apoyo psicoterapéutico. No existe cura, pero sí mejoría;
aunque en el 30 por ciento de los pacientes no logramos resultados”.
Blanca Mesistrano, titular de la Asociación Fibroamérica,
advirtió que “en la Argentina es muy difícil obtener un certificado de
discapacidad por fibromialgia, lo cual sería muy importante porque un 40 por
ciento de los pacientes pierde el trabajo”. La entidad auspicia el proyecto del
diputado Eduardo Santín, que oficializa el diagnóstico realizado en hospitales
públicos por reumatólogos asistidos por equipos interdisciplinarios. Otro
proyecto, presentado por la diputada María Luisa Storani incluye la obligación
para obras sociales y prepagos de “brindar la cobertura necesaria para el
tratamiento y rehabilitación” de las personas con fibromialgia. Marcela
Castillo –titular de la Mutual de Asistencia para gente con fibromialgia en
Rosario– subrayó que “la gratuidad debiera estar garantizada por ley en
servicios públicos y obras sociales: los médicos nos indican actividades como
acqua-gym, reiki o yoga, pero muchos no pueden pagarse nada porque han quedado
sin trabajo”.
Fuente: Diario Página 12