La atención a las necesidades psicológicas ha sido
tradicionalmente obviada en las crisis. Todavía hoy, muy pocas agencias y ONG proporcionan este tipo
de atención. No obstante, las necesidades mentales durante o un conflicto
o un desastre son enormes.
Sin embargo, un día, la dureza del conflicto que su país
está viviendo llegó hasta su propia casa, y la mujer de Musa fue asesinada
delante de sus ojos. Musa huyó al país vecino. Se sentía terriblemente culpable
de estar vivo mientras su esposa había muerto. Presentaba síntomas de depresión
severa: tenía pesadillas por la noches y no tenía ninguna esperanza en el
futuro.
Pero eso fue hace tres meses. Por aquel entonces, uno de los
médicos que trabajan en el campo de refugiados en el que ahora Musa intenta
empezar una nueva vida lejos del conflicto de su país, le derivó a uno de los
trabajadores psicosociales locales, que había sido formado para tratar a gente
traumatizada. Él le recetó un antidepresivo que costaba menos de un dólar al
mes, y tramitó su ingreso en una clínica durante su período más crítico, en el
que llegó a tener fuertes pensamientos suicidas.
Hoy Musa sigue estando triste y afectado por la muerte de su
mujer, pero ve las cosas de otra manera: tiene más esperanza, e incluso ha
empezado a dar clases de boxeo a algunos de los chicos del campo. Historias
como la suya no son raras, y demuestran que, en ocasiones, la atención médica
más necesaria no es la más evidente. "Con recursos limitados se puede
hacer mucho, incluso salvar vidas. Pero, desafortunadamente, esto no es una
prioridad política", cuenta desde Chad a EL MUNDO Pieter Ventevogel,
asesor de salud mental de ACNUR, quien ha conocido a Musa.
Hoy, en un mundo en el que 50 millones de personas se han
visto obligadas a abandonar sus hogares, son muchos los escenarios en los que
la seguridad, el bienestar y la salud de la gente ha saltado por los aires.
Desde Siria hasta Nepal, todas estas emergencias llevan aparejadas, desde el
minuto uno, unas altísimas demandas de asistencia sanitaria: traumatología,
cirugía, atención pediátrica, ginecológica... Son pilares que no pueden faltar
cuando se atiende a las víctimas de un conflicto armado o de un desastre
natural. Sin embargo, hay un factor que suele quedarse aparcado, a pesar de ser
igual de importante, o incluso más, que los demás: la salud mental. Las
secuelas psicológicas que puede provocar lo soportado durante un conflicto o
los momentos de pánico vividos en un terremoto pueden condicionar a una persona
de por vida.
Ha empezado a tomarse en serio
No obstante, a pesar de que los beneficios de la atención
psicológica quedan demostrados con la historia de Musa y otras tantas, a día de
hoy, todavía son pocas las agencias humanitarias que proporcionan servicios
clínicos para los problemas mentales. "La salud mental durante las
emergencias ha sido, hasta hace poco, una de las grandes olvidadas, pero en los
últimos cinco años se ha empezado a tomar en serio", explica a este
periódico Carmen Viciana, responsable de salud mental de Médicos Sin Fronteras.
Sabiendo esto, y con la idea de intentar paliar ese déficit
de atención que tradicionalmente ha tenido la salud mental en los contextos
humanitarios, la OMS y ACNUR han elaborado una guía conjunta en la que
pretenden orientar a los sanitarios no especializados en salud mental
(justamente, los primeros en atender a las víctimas de una emergencia) sobre
cómo tratar las secuelas soterradas que deja, por ejemplo, un terremoto como el
de Nepal.
El objetivo era darle un enfoque no especialista, es decir,
que no estuviera enfocada a psicólogos o psiquiatras, sino a todo aquel
profesional médico que trabaje en una emergencia. "Si se observa la
pirámide de necesidades de salud mental, con la aplicación de esta guía,
manejas el 70 o el 80% de esas necesidades. Esto disminuye mucho la carga
total, y puedes dejar el resto a los especialistas", explica en
conversación con EL MUNDO Jorge Castilla, asesor de la OMS y uno de los
participantes de esta guía.
¿Y cuáles son esas necesidades? ¿Qué consecuencias
psicológicas tiene para una persona, por ejemplo, haber sobrevivido al
terremoto de Nepal? Castilla, quien no ha estado en Nepal pero sí estuvo en
Haití en el año 2010, cuenta que "las secuelas son las mismas que
sufriríamos cualquiera de nosotros: el miedo a regresar a cualquier estructura
sólida, la tristeza por la pérdida de posesiones personales o familiares, el
pánico a cualquier réplica..."
Precisamente porque todo esto no deja de ser lo que le pasaría
a cualquier ser humano al que de un día para otro se le cae la casa encima,
Ventevogel, uno de los autores principales de la guía de la OMS, aclara que
" hay que distinguir entre las reacciones normales que disminuyen con el
tiempo, si se tiene el apoyo adecuado, y los trastornos mentales que sí
requieren una atención más específica".
Distintas emergencias, distintas necesidades
En una emergencia humanitaria, en general, tal y como
explica Ventevogel, "la mayoría de la gente sentirá angustia, estrés, y
miedo, pero no tendrá un problema mental. Después, un grupo significativo de
personas desarrollará, con el tiempo, trastornos mentales moderados, como
depresión, ansiedad y estrés postraumático; y finalmente, un grupo pequeño
desarrollará un trastorno mental grave. Muchos de ellos serán gente que ya
tenía problemas previos, y cuyas condiciones se deterioran durante la
emergencia al interrumpirse la atención médica".
En cualquier caso, no todas las emergencias son iguales, y
por tanto, la atención tampoco debe ser la misma. Las necesidades mentales de
una madre que acaba de perder a su hijo por culpa de un terremoto son distintas
a las del hombre que lleva cinco años malviviendo en un campo de refugiados.
En los primeros momentos de una crisis, cuenta Ventevogel
"la gente tendrá estrés agudo y reacciones a la pérdida de sus seres
queridos". En esos momentos, como podrían ser los actuales en Nepal,
"se intenta hacer una intervención poco intrusiva que ayude a las personas
a reactivar sus propios mecanismos de superación", explica Viciana.
La fragilidad de los niños
Los niños son un público al que siempre hay que prestar
especial atención, pues su fragilidad, especialmente si han perdido a sus
padres, es extrema. La estrategia de UNICEF, tal y como explica desde Nepal a
EL MUNDO Mariana Palavra, es desplegar lo que llaman en la organización los
"espacios amigos de la infancia", donde los niños pueden jugar,
pintar, cantar y recibir apoyo psicológico. "Si nuestros voluntarios se
percatan de que hay algún niño demasiado afectado emocionalmente (porque está
pasivo, no habla, o no puede dormir), será derivado a los psicólogos",
explica.
Castilla pone un ejemplo muy claro del potencial que tiene
la atención a nivel mental para que los más pequeños puedan superar las
dificultades: "Hay crisis en las que se han visto malnutriciones en niños
que no tenían una causa aparente, y a veces, se ha probado que dar asistencia
psicológica les ayuda más que darles comida", dice Castilla.
El silencioso sufrimiento de los hombres
Pero no sólo los niños están necesitados de atención
psicológica. Ventevogel alerta de que, muchas veces, se subestima el
sufirimiento de los hombres. Ellos son uno de los grandes perjudicados cuando
lo que era una crisis momentánea se acaba alargando: "para muchos hombres,
convertirse en un refugiado les afecta profundamente a su rol, ya que muchos
estaban acostumbrados a ser quienes traían los ingresos a casa, pero en los
entornos humanitarios, esto no es posible, y acaban muy frustrados", explica.
En una crisis humanitaria, el tiempo puede jugar a favor de
las personas, pero también en contra. Y no son pocas las emergencias que se han
cronificado. Siria o Palestina son sólo algunos ejemplos. "En una
emergencia crónica, las personas sufren el doble de enfermedades de salud
mental que la población general", explica Castilla, que cuenta cómo
nuestra mente se adapta a esta situación: "Cuando se tiene una tensión, el
cuerpo se adapta a ella y responde de manera temporal, pero, cuando la tensión no
cesa, tu cuerpo se adapta, la respuesta es más baja, y esto desemboca en un
estrés crónico", asegura Castilla.
Tal y como relata a EL MUNDO Ventevogel, "cuando una
situación se prolonga, la gente empieza a perder la esperanza, se convierten en
dependientes de la ayuda y se desmoralizan. Las consecuencias de esto son muy
claras: "más niveles de depresión, de violencia de género, y de abuso del
alcohol y otras sustancias". Es algo que Castilla llama la teoría de la
patada al perro: "el hombre está frustrado porque no tiene trabajo, así
que bebe, llega a casa y pega a su mujer. La mujer, que también está
desesperada, acaba pegando al hijo..."
Es evidente que la solución a estos problemas no existe, ya
que ésta sólo pasaría por que el conflicto en sí mismo se acabara. Pero todos
los especialistas coinciden en que, mientras que las personas estén bajo unas
condiciones tan límite como las que se soportan durante una emergencia
humanitaria, sería un gran error menospreciar el valor que puede tener la salud
mental. Es esencial, concluye Ventevogel, "garantizar que la asistencia
humanitaria se organiza de manera que promueva la dignidad y la
autosuficiencia". Y añade: "hay que ayudar a la gente a que se ayuden
a sí mismos. Muchos supervivientes tienen la capacidad de ayudarse los unos a
los otros una vez que se les da la oportunidad de hacerlo, y es importante
animarles a ello".
Fuente: Diario El Mundo - Ver más sobre Salud Mental