En los últimos cinco años, aumentaron los diagnósticos de
anorexia, bulimia y otros desórdenes; abusan de las pastillas y del ejercicio;
las dietas excesivas las llevan a caer en atracones.
"Ahí dejé de comer y me empecé a hinchar. El médico a
domicilio me dio diuréticos y me encantaron porque empecé a perder más peso.
Comía sólo verduras y ensaladas. Ésa era la dieta. Al principio me sentía bien,
pero al tercer año ya no me podía levantar de la cama y me tuvieron que
internar", dice esta mujer que hoy reconoce haber tenido anorexia.
Abusó de los diuréticos y los laxantes, y llegó a pesar 37
kilos. Al momento de su internación tenía el potasio y el sodio por el piso, se
le caía el pelo y no tenía energía para nada. Hoy, Marta está en un proceso de
recuperación, pesa 44 kilos y encontró un nuevo sentido a su vida: ayudar a
otras mujeres con problemas psicológicos.
Como ella, son cada vez más las mujeres a las que se les
diagnostica un trastorno alimentario entre sus 40 y 50 años. Puede que lo hayan
padecido durante años sin nunca haber buscado ayuda, que hayan sido tratadas en
su juventud y haber tenido una recaída o haberlo desarrollado por primera vez
en su adultez.
Sin nombre... por ahora
"Es algo que vengo viendo en el consultorio en los
últimos cinco años. Este verano interné a tres pacientes de 50 años con bajo
nivel de sodio y potasio, con riesgo de paro cardíaco", explica Juana
Poulisis, psiquiatra y autora del libro Los nuevos trastornos alimentarios.
"Con la menopausia las dietas restrictivas que venían haciendo no les
alcanza y recurren a cualquier cosa, desde tratamientos estéticos, cirugías,
hasta preparados para adelgazar indicados por médicos que venden espejitos de
colores aduciendo que son naturales y contienen anfetaminas, diuréticos,
hormona tiroidea y terminan descompensándose clínicamente, adictas a ellos o
intoxicadas".
Dieta estricta que lleva a atracones, hiperactividad física
y exceso de sustancias son parte de un cóctel explosivo que puede llevar a
estas mujeres a la muerte.
"Son pacientes que tienen un perfil para desarrollar un
trastorno de la alimentación. Siempre fueron dietantes, inquietas, que
siguieron la moda de estar bien y que en su edad menopáusica se les dispara
esta tendencia", dice Stella Maris García, jefa de Nutrición del Grupo
Galeno.
Son muchos los factores de estrés que comúnmente ocurren en
la mitad de la vida de estas mujeres y que dan comienzo a los trastornos
alimenticios o a su reaparición. Pueden ser divorcios, dificultades para llevar
a cabo el rol materno, la muerte de los padres o pareja, problemas en la
carrera profesional y económicos, el síndrome de nido vacío o los cambios
emocionales y fisiológicos debido a variaciones hormonales.
"Con la menopausia, hay mujeres que siempre fueron
flacas y que se empiezan a sentir incómodas con los cambios en su cuerpo. Se
conjugan varios factores, como los replanteos existenciales, la presión social
a no envejecer, el deterioro físico que todas las mujeres empiezan a tener y el
estrés de seguir produciendo. Esto hace que tiendan a estar mucho más obsesivas
por la imagen. No sé qué nombre ponerle pero calculo que en algún momento se le
empezará a llamar de alguna manera", afirma Alicia Alemán, psicóloga y
coordinadora general de La Casita, organización dedicada a los trastornos
alimentarios en adolescentes.
Para Sandra, cumplir 40 años fue un antes y un después en su
vida. Se sentía fea, vulnerable, estaba estresada, el trabajo la demandaba más
de lo que quería y no podía manejar la presión. Le diagnosticaron
hipotiroidismo, aumentó de peso y su cuerpo cambió.
"Tuve miedo de perder el control y, de alguna manera,
puse la misma energía que ponía en el trabajo en manejar mi alimentación. Me
obsesioné, mi ánimo dependía de lo bien controlada que había estado y la
cantidad de ejercicio que había hecho. Se transformó en mi tema de
conversación, horas frente al espejo denigrándome, no toleraba estar en mi
cuerpo. No me sentía atractiva y creía que mi marido ya no estaba interesado en
mí", cuenta Sandra, que tomaba más dosis de hormona tiroidea para acelerar
su metabolismo, creyendo que esto no tendría ninguna consecuencia negativa.
Un día se desmayó en su clase de spinning. Cuando le
hicieron el electrocardiograma, le encontraron una arritmia y sus valores
tiroideos totalmente desestabilizados. Al salir de la guardia clínica, su
marido la acompañó a hacer una consulta psicológica y hoy está en proceso de
recuperación.
"Estas mujeres tienen que saber que lo que están
haciendo les pueda costar la vida. Pero lo más desesperante es que solo les
interesa estar más flacas, sin importar las consecuencias. Y el problema es que
son muy pocas las instituciones que trabajan con los trastornos alimentarios en
mujeres mayores de 30 años", agrega Poulisis.
Problema mundial
Si bien el fenómeno no cuenta aún con estadísticas que
permitan tener una radiografía certera, la tendencia es global. Los
profesionales de la salud están empezando a observarla nivel mundial. En el
Reino Unido se está investigando, por primera vez, la prevalencia de los
trastornos de la alimentación en una muestra de mujeres adultas. Los resultados
se publicaron recientemente en un nuevo estudio de la BMC Medicine.
Fueron observadas un total de 5320 mujeres de mediana edad y
se descubrió que el 3% sufre de un tipo activo de trastorno alimentario, una
cifra superior a la que se esperaba cuando se comenzó a investigar esta
tendencia.
Nadia Micali, del Departamento de Psiquiatría de la Icahn
School of Medicine en el Mount Sinai, de Nueva York, y autora principal del
estudio, señala que "éste demuestra que los trastornos alimentarios no se
limitan sólo a las primeras décadas de la vida y que tanto los crónicos como
los que recién aparecen se tornan evidentes en la mediana edad".
De hecho, el estudio descubrió que alrededor del 15,3% de
las mujeres señalaron que habían sufrido de trastorno alimentario en algún
momento de sus vidas, y el 3,6% dijeron que los padecieron en los últimos 12
meses.
"Estamos atravesados por una cultura de la inmediatez,
entonces la sensación de quedar vacías o tener la panza chata hace que estas
mujeres abusen de los laxantes o diuréticos, que en realidad no sirven para
adelgazar. Tienen un primer efecto de pérdida de líquido pero en el largo plazo
son muy nocivos. Lo primero que me preguntan cuando llegan a la consulta es
cómo pueden bajar los flotadores. Y en realidad, el objetivo es que puedan
aprender a convivir con ellos. Hay que poner en la balanza si privilegiamos
tener una masa muscular aceptable o tener un cuerpo de Barbie a los 60
años", dice García.
Poulisis aporta otra dato a tener en cuenta: "Durante
la menopausia, también existe una mayor tendencia a los cuadros depresivos y de
ansiedad, y esto también colabora a la manifestación de un trastorno
alimentario. Muchas veces, tanto los atracones, como las purgas y el ejercicio
compulsivo funcionan como «ansiolíticos», dándole a la paciente cierto bienestar
momentáneo. Por eso, la predisposición a la recaídas. Parte del tratamiento es
enseñarles a manejar las emociones negativas, el malestar y las frustraciones
de la vida con herramientas más positivas".
Los cuadros más graves se dan cuando el cuerpo no aguanta
más y tiene un catabolismo proteico, una deshidratación, una arritmia o una
falla renal. "Son pacientes con gran deterioro físico, como si los
hubieran chupado. Se internan por deshidratación, por un desbalance del sodio y
el potasio que implica riesgo. Primero hay que hidratarlos para que no tengan
un problema cardíaco. Y después realimentarlos lentamente para sacarlo del
riesgo nutricional", dice García. "Por ejemplo, tuvimos que internar
a una señora que descorchó su bulimia a los 65 años. La había podido controlar
durante su etapa laboral, después se jubila y tiene que convivir en un entorno
hostil con el marido y se fue para su lado más frágil que era su trastorno
alimentario. La internamos por una hemorragia intestinal y ahora está en
tratamiento."
En los casos de las mujeres adultas, la aceptación funciona
también como un gran enemigo. El "qué linda y flaca que estás" o el
"quiero ser como vos" que reciben de su entorno todos los días sirve
no sólo como incentivo para seguir por el mismo camino, sino que exacerba el
problema.
Marta reconoce que ella le pedía a su hijo que le comprara
los diuréticos como si fuera algo normal. "Mi familia estaba acostumbrada
a que comiera poco. Hoy me retan. En general, tendés a decir que sos
vegetariana para no comer carne. Ahora como pollo y pescado. Uno no se da
cuenta, pero juega con el límite entre la vida y la muerte. Llegás al punto en
que no tenés energía, no podés caminar más de dos cuadras ni disfrutar de nada.
Lo único que te consuela es estar flaca", agrega Marta. Estudiar
acompañamiento terapéutico fue, para ella, encontrarle un nuevo valor a la
vida.
Según García, el trasfondo de la cuestión sigue siendo
social y tiene que ver con que las personas no pueden reconocer el tiempo
vivido. "Y una mujer de 50 tiene que reconocer su edad y vivir con la
falta de hormonas, cansándose más, haciendo un ejercicio físico programado, con
un plan de alimentación que cubra su calcio y su hierro."
En esta misma línea, Alemán afirma que "el problema es
que estamos muy poco acostumbrados a la aceptación de nuestras etapas vitales.
Nos falta entender que atravesarlas está bien y puede ser maravilloso".
Posibles factores de estrés en la mitad de la vida
- Divorcio
- Problemas de relación
- Dificultades para llevar a cabo el rol de padres
- La muerte de los padres
- Dificultades en la carrera profesional
- Dificultades económicas
- Síndrome de nido vacío
- Cambios emocionales y fisiológicos debido a variaciones hormonales en la menopausia
- Miedo a envejecer
- Deseo de verse más joven y más delgada de lo que la edad permite
Los hombres también se obsesionan
Muchos hombres a edades maduras comienzan a padecer de la
obsesión de mantenerse eternamente jóvenes. Emprenden jornadas de ejercicio
eternas y dietas obsesivas.
Las especialistas sostienen que no es dañino hacer actividad
física y cuidarse saludablemente con las comidas, pero que llegar a cualquier
extremo es riesgoso.
"He tenido pacientes que me consultaron por disminución
de la líbido, sin saber que una mala y deficitaria alimentación, y rutinas de
ejercicio compulsivo, pueden ser la causa de su bajo deseo y rendimiento
sexual.
Generalmente los hombres llegan a la consulta por las
consecuencias de su obsesión alimentaria, por lesiones que se generan por
rutinas interminables, cansancio, depresión y falta de deseo", explica
Juana Poulisis, psiquiatra y autora del libro Los nuevos trastornos
alimentarios.
En ocasiones ingieren suplementos, hormona de crecimiento,
creatina para incrementar la masa muscular con consecuencias perjudiciales
también en la salud.
"No olvidemos que estos hombres maduros y exigentes que
tienen esa mirada tan fuerte en la delgadez y la perfección también exacerban
la presión y obsesión en las parejas y los hijos adolescentes", agrega
Poulisis.
Fuente: Diario La Nación - Ver más sobre Alimentación