Sin vacunarse, un joven viajó a Río de Janeiro y Sao Paulo,
zonas de mayor riesgo de la epidemia.
El muchacho comenzó a manifestar síntomas el 12 de febrero:
fiebre nocturna con momentos de 40 grados, dolor muscular, cefalea y
decaimiento. Cuatro días más tarde presentó ictericia, con un color amarillento
en la piel y los ojos, y un alto valor de enzimas hepáticas. El pasado sábado,
el laboratorio de Virología del Hospital Gutiérrez le confirmó el diagnóstico
de fiebre amarilla mediante una técnica molecular, aunque se encuentra estable
y evoluciona bien.
A principios de febrero, el gobierno brasileño confirmó la
muerte de 98 personas por fiebre amarilla desde mediados de 2018. Según el
registro, que se inició el 1 de julio de 2017, Sao Paulo es el estado más
afectado por la dolencia, con 161 casos confirmados y 41 muertes. Lo siguen
Minas Gerais y Río de Janeiro, todos en el sudeste del país, la región de mayor
densidad poblacional.
De acuerdo al informe, todos los casos son de fiebre
amarilla silvestre, es decir transmitida por mosquitos de áreas rurales. El
último registro que se tiene de un caso de fiebre amarilla urbana en Brasil es
de 1942. Debido al brote de la dolencia, miles de personas asistieron a los
centros médicos de Sao Paulo y Río de Janeiro para recibir la dosis de la
vacuna contra la enfermedad.
La fiebre amarilla es una enfermedad viral transmitida por mosquitos
que puede conducir a la muerte en algunos casos. La enfermedad se caracteriza
por causar en los afectados una coloración amarilla en la piel (ictericia), así
como fiebre, dolor de cabeza y vómitos, entre otros síntomas. El miedo a esta
enfermedad desató en las últimas semanas en Rio de Janeiro una matanza de
monos, considerados erróneamente vectores del virus, a pesar de ser la mejor
defensa contra la enfermedad, según las autoridades.
Fuente: Diario Perfil