Vivimos en una sociedad en la que la epidemia de obesidad
infantil es creciente. Conocemos las causas y las consecuencias. Sabemos que
afecta a todos los órganos, que deteriora la calidad de vida, que deja huellas
en la socialización y en el autoestima, entre otros efectos. La solución
también la conocemos: comer más sano, aumentar la actividad física y que sean
menos las horas de actividad sedentaria. Es simple, pero es difícil de
implementar y sostener, porque requiere un cambio de hábitos.
En el consultorio, el primer intercambio con el paciente es
clave. Lo primero que hacemos es empezar a conocerlo y generar una relación de
confianza. Hay chicos o adolescentes que ya entran avergonzados, no quieren
hablar y la familia los traen obligados. Hay otros que vienen porque "los
mandaron".
El segundo paso es el trabajo médico: la historia clínica,
el examen físico y, en muchas ocasiones, dejamos para el final la medición del
peso y la talla. En la mayoría de los casos pedimos análisis de laboratorio
para comprender el impacto metabólico y así orientar mejor los cambios de la
alimentación y de los hábitos.
Suelo dejar como tercer paso, el hecho de conocer cómo es la
alimentación, el consumo de grupos de alimentos, y bebidas, la "comensalidad"
(dónde come y con quién), las comidas preferidas y aquellos productos que se
evita.
Siempre estoy a favor del paciente y me pongo en su lugar.
Si bien puede sentirse mal en los ámbitos donde hay más foco en el cuerpo, el
consultorio es un lugar donde el énfasis está puesto en la totalidad de
persona. Tampoco se trata de seguir un patrón de belleza. Estamos hablando de
mejorar su salud acompañado de su familiar. Puede ser necesario un trabajo
interdisciplinario con psicólogos si hay situaciones de bullying o de malestar
emocional.
Está demostrado que en una misma consulta se puede trabajar,
como máximo, sobre tres indicaciones para que el paciente y su familia puedan
ir incorporando un cambio conductual. Detectamos, primero, los hábitos positivos
y los reforzamos. Luego el médico detectará uno o dos hábitos negativos y
acordará con la familia modificarlos. Cuando ya tenemos los estudios clínicos
podemos conocer si hay dislipidemias, alteraciones de la glucosa y así orientar
mejor el plan de alimentación.
La educación alimentaria se va haciendo en cada consulta.
Apoyar a las familias con recetas o adaptando sus propias preparaciones para
que sean más saludables. El trabajo interdisciplinario con el licenciado en
Nutrición es ideal para trabajar sobre estos aspectos. El seguimiento es la
única forma de ir apoyando a la familia y al paciente e ir generando cambios
que se sostengan en el tiempo.
Los niños y adolescentes con obesidad deben bajar de peso en
forma gradual y acorde con su edad, mejorar su estilo de vida y su salud.
Por: Débora Setton (miembro del Comité de Nutrición de la Sociedad
Argentina de Pediatría)
Fuente: Diario La Nación - Ver más sobre Nutrición