Con la mirada puesta en la actual pandemia COVID-19, y en
particular enfocada al aislamiento social, preventivo y obligatorio (ASPO) y
otras medidas sucesivamente adoptadas, cabe detenerse en las consecuencias que
pueden advertirse fácilmente respecto de las personas infectadas por el virus.
La primera es la ‘discriminación’ que genera el contagio,
esta situación indeseada por cierto advierte las consecuencias que se producen
según los segmentos poblacionales a los que se pertenezca, el acceso a los
servicios de salud capaces de atender a los pacientes graves y la detección de
asintomáticos, en la secuencia ‘testeos, trazabilidad, aislamiento’, que se surgen cuando aparecen brotes inevitables en poblaciones vulnerables, no sólo en
referencia a los barrios, sino también a las residencias geriátricas,
instituciones psiquiátricas y otras locaciones de encierro, en las que si bien
se evita el contacto con familiares, lo cual genera ansiedad lógica, acompañada
por la percepción de algún modo de abandono; innegable es que el personal que
los asiste, que toma contacto con los entornos externos, no resulta inmune al
contagio y es entonces cuando se detectan casos que con efecto dominó
repercuten en los habitantes, que no están en condiciones de mantener distancia
con sus vecinos cercanos.
Queda para pensar y trabajar sobre la deuda pendiente con el
sistema de residencia para personas mayores, dado que en estas condiciones se
han detectado severas deficiencias que desnuda la pandemia. No es ocioso
señalar que ello ocurre con frecuencia y merece ser tratado y modificado.
Estos escenarios suelen generar miedo, incertidumbre y demás
afecciones que pueden manifestarse a través de síntomas físicos, como modo de
exteriorizar lo que a cada uno le pasa, lo que también resulta en una
discriminación que hace a cuestiones sociales propias de quienes las padecen,
con diversos mecanismos para intentar morigerar la sintomatología desatada.
El dilema que estas tensiones genera debe ser soportado por
los ciudadanos que no están preparados para resolverlas, que seguramente no serán
solucionadas con medidas de escritorio.
El énfasis debe ponerse en modalidades claras de
comunicación de cuestiones básicas como lo son la forma de detectar y prevenir
el virus, así el uso de mascarillas, el lavado adecuado de manos, el control de
la fiebre, tos, la detección de dificultad para respirar y la distancia social
de seguridad, necesaria para evitar contactos, particularmente, en espacios
cerrados.
Es imprescindible generar confianza en la salud pública, en
la fortaleza de los servicios para atender a las personas que lo requieran,
evitando expandir incertidumbres que afectan el ánimo y no contribuyen al
conocimiento de los legos, preocupados por no perder sus medios de
subsistencia.
Dra. Mónica Teresita del Cerro
Jefe del Área de Salud, Acción Social, Educación y Cultura del
Defensor de Pueblo de la Nación Argentina
(Buenos Aires, 1 de julio de 2020)
(Buenos Aires, 1 de julio de 2020)