En el marco del Día Mundial de la Tolerancia cero contra la mutilación genital
femenina celebrado recientemente, comparto este artículo del Diario El Mundo.
Entre 100 y 140 millones de niñas son sometidas a la
ablación del clítoris. La práctica tiene consecuencias físicas y psicológicas que
duran toda la vida. La ONG Mundo Cooperante ha creado una pulsera para luchar
contra este rito.
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| Kisieku Narankai, ex mutiladora (Mundo Cooperante) |
El ritual de la ablación del clítoris dura unos 15 minutos,
pero sus consecuencias persisten toda la vida. Durante mucho tiempo, la mujer
que ha entrado en esos cuartos ha sido Kisieku Narankai, una masai que vive en
Narok, Kenia, donde la prevalencia de la mutilación genital femenina es del
70%. "Empecé a hacer la ablación del clítoris hace 15 años, por dinero y
por el prestigio social del que gozan las circuncidadoras en mi comunidad.
Durante nueve años me dediqué solo a hacer esto. Era mi fuente de ingresos",
cuenta en una entrevista con EL MUNDO.
Ahora, a sus 56 años, es consciente de que se trata de una
tradición "muy perjudicial para las mujeres" e intenta cambiar de
vida. Pero no puede olvidar que "he mutilado a más de 50 niñas y que
algunas de ellas casi pierden la vida".
Kisieku Narankai aprendió la técnica viendo a su madre, que
se dedicaba a ello. En Narok, la práctica más extendida es la escisión, que
consiste en la resección parcial o total del clítoris y de los labios menores,
con o sin recorte de los labios mayores. En otros lugares de África y de Asia
meridional y oriental es más común la clitoridectomía, que es la resección
parcial o total del clítoris, sin tocar los labios. Existe una tercera forma,
la infibulación, considerada la más cruel. Se trata del estrechamiento de la
abertura vaginal (coserla) para crear un sello mediante el corte y la
recolocación de los labios menores o mayores. Alrededor de 26 millones de
mujeres han sufrido esta última práctica, según la Organización Mundial de la
Salud (OMS).
"Claro que me arrepiento de lo que hice. A veces siento
la necesidad de ir a buscar a las mujeres a las que mutilé para pedirles
perdón", admite Narankai, que no se puede quitar de la cabeza a la primera
chica que circuncidó. "Sangró hasta casi morir. Tuvo que ser llevada al
hospital. Gracias a Dios que sobrevivió. Fue una experiencia horrible".
Narankai sabía de antemano que el rito es doloroso, porque
ella también lo sufrió. "Las niñas pueden gritar mucho durante el proceso
o bien quedarse tan traumatizadas que hasta pierden el habla. Recuerdo mi
circuncisión. Fue muy dolorosa, pero traté de aguantar para parecer valiente y
evitarle la vergüenza a mi familia. Forma parte de nuestra cultura",
explica.
Cambió su mentalidad después de asistir a varios seminarios
organizados por la ONG Tasaru Ntomonok (que significa rescate de la mujer en la
lengua autóctona maa) y por Agnes Pareyio, elegida como mujer del año por
Naciones Unidas por su esfuerzo por erradicar la mutilación genital femenina.
Gracias a su labor, Kisieku ya es una ex mutiladora y ha emprendido un pequeño
negocio junto a otras mujeres que han dejado la circuncisión.
"Mi familia considera una pérdida que haya dejado de
practicar la ablación, porque era nuestra principal fuente de ingresos. Pero yo
sueño con una comunidad en la que en un futuro ya no haya
circuncidadoras", reconoce.
La iniciación a la edad adulta
Según la OMS, entre 100 y 140 millones de niñas y mujeres
han sido sometidas a la ablación del clítoris. Un ritual que suele realizarse
entre los cuatro y los 14 años, aunque en algunos países se ha detectado casos
de niñas menores de un año que han sido mutiladas. De hecho, como explica Agnes
Pareyio a EL MUNDO, "entre los masais el rito se hace en la adolescencia,
pero muchas familias, conscientes de que cada vez hay más esfuerzos por
erradicar esta práctica, están adelantando la edad a la que mutilan a sus
hijas. A los siete u ocho años ya se las circuncida".
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| La activista Agnes Pareyio Mundo Cooperante |
El rito de la ablación del clítoris es el que marca la
entrada de las niñas en la edad adulta y las convierte en mujeres casaderas.
También se hace porque disminuye el deseo sexual y así es más fácil mantener la
virginidad antes del matrimonio. E incluso en algunas sociedades se practica
por higiene, al considerar que los genitales externos de la mujer son poco
limpios.
Agnes lucha por "erradicar completamente esta práctica
y proporcionar a las niñas educación para que puedan tomar sus propias
decisiones". Ha establecido un centro de rescate -una casa a la que acuden
las menores que saben que van a ser mutiladas y no quieren- y, con la ayuda de
la ONG española Mundo Cooperante, también ha creado una escuela primaria.
"Me circuncidaron cuando yo tenía 14 años. Intenté
oponerme, pero me lo hicieron igual, en contra de mis deseos. Es uno de los momentos
más horribles que recuerdo. Casi me desangro", señala Pareyio, que ha sido
amenazada muchas veces por su lucha en contra de la ablación.
La ONG Mundo Cooperante colabora con esta causa con la
iniciativa Pulseras Masai contra la Mutilación Genital Femenina, que están
hechas a mano de forma artesanal por mujeres masai en situación de
vulnerabilidad social en Kenia y Tanzania. "Aunque cada pulsera es
diferente y única, todas incluyen un símbolo que representa la lucha contra la
Mutilación Genital Femenina. Es una X que simboliza a la mujer, encerrada en un
rombo, ya que no es libre, sino que ve como sus derechos están amenazados por
la cuchilla de la mutilación", explican.
Muchas de las mujeres que hacen las pulseras han practicado
la ablación del clítoris como modo de vida y quieren abandonarlo
definitivamente.
Las pulseras cuestan cinco euros y el objetivo que se
pretende con ellas es triple, según cuentan desde Mundo Cooperante.
"Primero, generar una alternativa real de ingresos para estas mujeres y
jóvenes masai con la que pueden salir de la pobreza y adquirir independencia
económica. Segundo, reinventir los recursos que genera la campaña a través de
la comercialización en otros proyectos para la erradicación de la mutilación en
Kenia y Tanzania y, por último, convertir esta pulsera en un símbolo de la
lucha contra la mutilación genital femenina en España y otros países de nuestro
entorno".
"Lo que más cuesta es convencerlas de que mutilar va en
contra de su pueblo y que rompan con la tradición. La población masai y, sobre
todo, las madres que deciden realizar esta práctica a sus hijas quieren lo
mejor para ellas y consideran que es mucho mayor el sufrimiento de ser
desterradas de sus aldeas y separadas de sus familias, que el simple hecho del
corte. Ellas no son conscientes de que si una niña, años después de ser
mutilada, muere desangrada en un parto, es consecuencia de la mutilación",
explican los miembros de esta ONG.
Fuente: Diario El Mundo

