A tiro de la capital, Santa Catalina, Colonia Caroya y Jesús
María son tres estancias que mantienen viva la herencia de la Compañía de
Jesús; visita en conjunto.
Basta con alejarse unos kilómetros del circuito urbano, más
allá de la Universidad, del Colegio Montserrat y de otros hitos educativos
fundados por la Compañía de Jesús, para adentrarse en el corazón productivo de
los jesuitas.
Porque para asegurar el sustento económico de dichos
emprendimientos -la educación era de hecho uno de los dos pilares de la
doctrina jesuítica; el segundo era la evangelización- se organizó y consolidó
un sistema de estancias en el interior de la provincia, establecimientos rurales
en los que los jesuitas llegaron a tener millares de animales, viñas, cereales,
nogales e industria.
Una aclaración: cuando se habla de los jesuitas, uno se
imagina a legiones de hombres de túnica negra levantando tremendo imperio (que
abarcó a territorios de Paraguay, Bolivia, Brasil, Uruguay y la Argentina).
Pues no. En Córdoba, capital de la llamada Provincia Jesuítica del Paraguay,
eran apenas cuatro o cinco curas por estancia. Claro que en cada una había unos
400 esclavos africanos, porque fray Bartolomé de las Casas había determinado
que los indios tenían alma -no así los negros- y, por ende, no podían ser
utilizados como mano de obra esclava.
Las estancias de la provincia fueron seis, de las cuales
quedan cinco en pie: Caroya (1616), Jesús María (1618), Santa Catalina (1622),
Alta Gracia (1643) y La Candelaria (1678). La sexta, San Ignacio (1725), quedó
reducida a escombros, por lo cual -a diferencia de las demás- no integra el
Patrimonio de la Humanidad de Unesco (desde el año 2000). Desde Córdoba ciudad,
tres son las más cercanas: Santa Catalina, Caroya y Jesús María, también
conocidas como El Triángulo Jesuítico.
Santa Catalina
De todas las estancias, Santa Catalina fue la más importante
de la orden fundada en el siglo XVI por San Ignacio de Loyola. Llegó a tener
100 mil hectáreas (hoy son 12) y 25 mil cabezas de mula que se vendían a las
minas de Potosí. Fue adquirida en 1774 por Francisco Antonio Díaz, alcalde de
la ciudad de Córdoba, y aún hoy está en manos de sus descendientes.
Más allá de su espectacular iglesia de frente barroco, sus
patios llenos de flores, las puertas enanas (eran más estables), el Cristo de
madera con las piernas hinchadas (se cree que el modelo sufría de gota y
artritis) e incluso las famosas tejas musleras (por fabricarse sobre el muslo
de las esclavas), el dato de las 450 familias repartiéndose las habitaciones
del claustro fascina a los turistas, que lo quieren saber todo: dónde están los
cuartos, cómo se hace para dar de comer a tanta gente, cómo funciona la
organización, y así. Marcelo, cuidador y guía, cuenta de memoria que las
familias se alternan el uso de las instalaciones a través de una suerte de
consorcio, con presidente y todo.
También dice Marcelo que en los incendios de septiembre de
2013, el noviciado se salvó por un pelo de ser arrasado por el fuego. O que en
esta Semana Santa, la primera con Francisco como papa, la estancia explotó de
gente, con 2000 personas que la visitaron en tres días (el mismo Bergoglio
había estado aquí en 2004).
En el cementerio contiguo al templo descansan, entre otros,
los restos de Domenico Zípoli, notable músico italiano (fue compositor de las
partituras de las misiones de Chiquitos en Bolivia), quien murió aparentemente
de tuberculosis en Santa Catalina, a los 37 años.
Colonia Caroya
A 48 km de Córdoba ciudad, Colonia Caroya es la más antigua
de las estancias (1616) y tal vez la más sencilla. Con una capilla de dimensiones
modestas, pero simplemente preciosa (es de piedra y barro, con tirantes de
algarrobo), un amplio patio central, restos del molino, de las acequias,
lavaderos y perchel, fue adjudicada por la compañía para costear los gastos del
Colegio Montserrat. También servía de residencia de vacaciones para los jóvenes
alumnos (entre los que pasaron Juan José Paso, Nicolás Avellaneda y los hijos
del virrey Liniers), por eso se ven bancos del colegio, incluso con las
inscripciones de estudiantes tallados en la madera (grababan nombres y fechas).
La Casa de Caroya es conocida por dos razones: 1) fue la
primera fábrica de armas blancas de nuestro país (funcionó como tal entre 1814
y 1816, durante las guerras de independencia nacional; por aquí se alojaron en
aquella época San Martín y Belgrano), por lo que se exhiben ejemplares de
guerra, sables y espadas, y 2) fue el primer techo que tuvieron los inmigrantes
friulanos al bajar de los vagones de carga del Ferrocarril Central en 1878, y
que fundarían la actual localidad de Colonia Caroya.
Dicen que cuando ya presentían que iban a ser expulsados de
la región (lo que finalmente sucedió en 1767), los jesuitas les enseñaron a los
esclavos a escaparse de los españoles escabulléndose entre las plantaciones de
maíz que rodeaban la estancia. Porque los africanos preferían a todas luces
estar a cargo de un jesuita que de un español, ya que éste era mucho más cruel
y, además, separaba a los esclavos de sus familias.
Cabe aclarar que así como Santa Catalina está en manos de un
consorcio privado, Caroya pertenece a la provincia (Jesús María a la Nación), y
sus paredes exteriores piden a gritos mayor mantenimiento.
Jesús María
Esta estancia (4 km al norte de la de Caroya, su nombre
completo es Museo Jesuítico Nacional de Jesús María) se caracterizó por su
producción vitivinícola, que llegó a alcanzar tal grado de calidad que su
Lagrimilla fue el primer vino americano degustado en la mesa real de Felipe V
de España.
Las construcciones destinadas a las habitaciones de indios y
esclavos (las famosas rancherías), así como los campos de cultivo y pastoreo
han desaparecido. Quedan la iglesia de fachada sobria y nave única abovedada,
la bodega, el patio central, las amplias galerías, los arcos de medio punto.
En sus cuartos superiores existe uno de los museos de arte
religioso más completos del país. Estolas de misa, crucifijos, relicarios o
copones conviven con muebles de época; mates de plata, lámparas de aceite,
libros antiguos, litografías o vajilla pintada a mano (además del Señor de la
Paciencia, una escultura de cuerpo entero de madera tallada).
En otras vitrinas llama la atención los elementos de tortura
con los cuales los monjes se autoflagelaban, instrumentos que abundan en
pinchos y látigos.
También sorprenden las letrinas o los baños construidos en
el interior mismo de las dependencias (algo impensado en esos tiempos), que
funcionaban con un sistema de cloacas a través de acequias.
Fuente: Diario La Nación - Ver más Notas de Color del blog