Un estudio publicado por la Sociedad Argentina de Nutrición
determinó que en familias en las que las madres presentan signos de estrés, se
duplicó la obesidad infantil. Sostiene que las conductas compulsivas de los
padres alteran las señales de saciedad en los niños.
El trabajo “Inseguridad alimentaria, estrés materno y
sobrepeso en niños que asisten a dos salas municipales” fue realizado por
Sergio Scacchia, María Belén Ferrari, Leandro Leoni y Paula Rodríguez, y
publicado en la revista Actualización en Nutrición, de la Sociedad Argentina de
Nutrición (SAN). Los investigadores tomaron una muestra de 90 niños de entre 1
y 18 años de edad, y consideraron dos variables: la inseguridad alimentaria –es
decir, el grado en que la familia carece de suficiente alimento o teme carecer
en el futuro– y el grado de estrés de la madre, en función de factores físicos,
mentales, financieros y familiares. La proporción de chicos obesos fue del 9,89
por ciento en los hogares sin estrés y subió al 18,68 por ciento en los hogares
con estrés. En cambio, no se encontró correlación entre inseguridad alimentaria
y sobrepeso. La investigación concluye que “la detección y atención de los
factores de estrés materno en familias de bajos ingresos redundaría en un
beneficio para los niños”.
Sergio Scacchia –autor principal del trabajo, investigador
en la Universidad Fasta y en las universidades Cemic y de Belgrano– explicó que
“para medir el estrés materno utilizamos un cuestionario validado
internacionalmente, con preguntas que incluyen lo económico y lo familiar,
caracterizando distintas variables que globalmente se califican como estrés
materno. Y para medir la inseguridad alimentaria consideramos dos dimensiones.
Una es la inseguridad alimentaria percibida: si la familia no tiene un
horizonte de ingreso seguro, si siente que en algún momento no contaron con
suficientes alimentos. La segunda dimensión se obtiene de un parámetro
objetivo, que es comparar los ingresos familiares con el índice de pobreza”.
Scacchia señaló que “el trabajo permite detectar una especie
de brecha: cuando hogares que han vivido bajo inseguridad alimentaria empiezan
a sentir mayor seguridad, entonces es cuando el estrés de la madre se
correlaciona más claramente con la obesidad en los chicos. No sabemos con
certeza por qué; una hipótesis es que, cuando cede la inseguridad alimentaria,
la madre se diga algo así como: ‘Vamos a aprovechar y comer porque no sabemos
si la situación puede revertirse’”.
Más allá de esto, “encontramos, tanto en los chicos como en
sus madres, más proporción de sobrepeso y obesidad de la que habíamos
supuesto”.
Esteban Carmuega, director del Cesni (Centro de Estudios en
Nutrición Infantil), comentó que “en la Argentina, como en gran parte del
mundo, la obesidad acompaña un fenómeno de transición epidemiológica: en un
primer período de esta transición se da una mayor prevalencia de obesidad en
los grupos sociales más opulentos; en estadios avanzados de esta transición, la
obesidad prevalece en los estratos sociales más bajos. Y hay datos de que hoy,
en la Argentina, la obesidad en estratos bajos se observa en las mujeres en
edad fértil: sus embarazos cursan con mayor obesidad”.
Carmuega precisó que “según una recopilación efectuada por
el Cesni, que reúne investigaciones efectuadas en distintos lugares del país en
los últimos cinco años, el 20 por ciento de los niños y adolescentes y el 40
por ciento de los escolares padecen sobrepeso. Se observa que el inicio del
exceso de peso sucede a más temprana edad, por debajo de los seis años: muchos
de los factores condicionantes se instalan en los primeros años de la vida”.
“La incorporación de alimentos a partir del sexto mes de
vida –advirtió el titular del Cesni– no sólo conforma la calidad y variedad en
los hábitos alimentarios para cuando el niño llegue a la adultez sino que ésa
es la etapa en que el niño aprende, o no, a respetar las señales de la
saciedad. No es sólo la composición de los alimentos sino la manera en que la
madre actúa con el niño: hay conductas compulsivas que conducen a alterar las
señales de saciedad en el niño. El funcionamiento de los centros cerebrales que
regulan la cantidad ingerida se configura por aprendizajes tempranos. Un factor
de riesgo de obesidad se instala, por ejemplo, cuando se lo obliga al nene a
comer todo lo que hay en el plato, aun cuando ha manifestado de algún modo que
ya fue suficiente para él.”
Otro factor de riesgo es “la incorporación temprana de la
preferencia por lo dulce –señaló Carmuega–. Todos nacemos con predisposición
natural al sabor dulce, lo cual tiene la función biológica de que aceptemos la
leche materna. El gusto por los demás sabores se desarrolla por aprendizaje.
Pero este aprendizaje puede resultar distorsionado por la insistencia en
alimentos dulces y muy especialmente cuando se asocia el sabor dulce con la
gratificación. Por supuesto no se trata sólo de la madre. Si el papá llega
habitualmente del trabajo con golosinas, si los abuelos vienen con los
bolsillos llenos de caramelos, si la familia consume habitualmente bebidas
azucaradas en la mesa, entonces se va estableciendo un umbral más alto para el
estímulo dulce, y el niño quedará más expuesto a un consumo excesivo de azúcar
durante el resto de su vida”.
Fuente: Diario Página 12 - Ver más sobre Nutrición