La salud global está de enhorabuena porque por primera vez
en muchos años, la academia sueca ha premiado con el premio Nobel de medicina
la labor de tres gigantes que han trabajado (y siguen haciéndolo) por mejorar
el tratamiento de varias enfermedades infecciosas que afectan a algunos de los
países más pobres del mundo. La investigación de Youyou Tu, William C. Campbell
y Satoshi mura, fundamental para el desarrollo de nuevos tratamientos como las
artemisininas o la ivermectina para enfermedades tan dispares como la malaria,
la filariasis linfática, o la oncocercosis, ha recibido por fin el
reconocimiento merecido. El trabajo de estos investigadores en las últimas
décadas ha permitido el descubrimiento y desarrollo de fármacos para la lucha
contra enfermedades relacionadas con la pobreza, y a menudo injustamente
olvidadas por los países más ricos, donde no suelen ser un problema de salud
pública. Sin embargo, el impacto de los millones de dosis distribuidas en los
países más pobres de estos dos tipos de tratamientos antiparasitarios es
incalculable, y ha contribuido de forma significativa a una reducción masiva
del número de casos y muertes atribuibles a estas enfermedades. El simple hecho
de que dispongamos a día de hoy de un arsenal de fármacos que funcionan de
forma muy eficaz contra algunas de estas infecciones ha motivado un renovado
ímpetu por avanzar hacia su erradicación a nivel global, algo impensable y
utópico hace apenas algunos años. Como precedente de un premio tan relevante
para la salud pública global, debemos retrotraernos al Nobel otorgado en 1952 a
Selman Abraham Waksman por su descubrimiento del antibiótico estreptomicina
para el tratamiento de la tuberculosis, un hallazgo que sigue siendo
fundamental en el tratamiento actual de la tuberculosis.
Que la malaria siga causando cerca de medio millón de
muertes anuales, a pesar de existir fármacos eficaces para su tratamiento, o
que infecciones perfectamente prevenibles sigan siendo una importante causa de
ceguera o de elefantiasis en pleno siglo XXI debería hacernos reflexionar sobre
las enormes inequidades que persisten en nuestro mundo a nivel de acceso a la
salud. Este año la academia sueca ha sido valiente, pronunciándose a favor de
recordarnos que las enfermedades olvidadas no pueden seguir siéndolo, y
revalorizando la importancia que el desarrollo de nuevas herramientas de
control y tratamiento sigue teniendo para mejorar la salud de los más pobres.
Fuente: Diario El Mundo (Por Quique Bassat: investigador del Instituto de Salud Global
de Barcelona) (ISGlobal).