“Fueron mis hijas las que me pidieron que me hiciera los
estudios para el VIH. Mi anterior pareja, de la cual estaba separada hacía
tiempo, había fallecido y no sabíamos el motivo. Es cierto que algo sospechaba,
pero no lo quería ver. Aunque me sentía cansada, apenas podía mantenerme en pie
y se me caía el pelo, yo vivía acelerada. Fui madre soltera y siempre trabajé
mucho. El momento de la noticia fue terrible. Yo tenía mucho miedo porque
conocí otros casos cercanos de personas que habían fallecido. De hecho yo no
sabía si iba a vivir. Llegué anémica, mis CD4 (células que ayudan a organizar
la respuesta inmunitaria frente a las infecciones) estaban por el piso. Pero
los médicos me salvaron. Me ofrecieron el tratamiento al instante y dije que sí.
Una de mis hijas me dijo ‘mami, no perdamos tiempo’. Mi familia fue mi sostén
para salir adelante. Hoy tengo una buena vida. Tengo mi casa, mi trabajo, y dos
nietos que son mi sol”.
Con todo, esta etapa conlleva a nuevos desafíos para los
médicos tratantes, ya que en materia de comorbilidades –enfermedades que se dan
de forma paralela al trastorno primario–
los individuos con el virus envejecen antes que la población VIH
negativa. La polifarmacia y las posibles interacciones entre medicamentos de
uso común que pueden frenar la acción de los antirretrovirales; más diálogo
entre los diferentes especialistas; centros y servicios especiales para tratar
de manera integral a los pacientes y las políticas de estado que visibilicen a
los adultos mayores en las campañas preventivas están entre los mayores
desafíos.
Se vive más, pero con un deterioro celular más veloz
Un estudio holandés publicado en la revista especializada
Clinical Infectious Diseases concluyó que el envejecimiento de personas con VIH
es aproximadamente 15 años más acelerado. Al comparar la cantidad de
comorbilidades asociadas a la edad avanzada en poblaciones con VIH y sin el
virus –entre ellas diabetes, hipertensión, problemas renales y osteoporosis–
concluyó que las personas de 40 años con la infección tienen enfermedades de
este tipo equivalentes a la de la población de 55 años sin el virus, y que los
individuos de 50 años con la infección, las de una persona de 60 o 65 sin ella.
¿Pero por qué una persona que adquirió VIH posee un
deterioro celular más veloz? La doctora Patricia Patterson, médica infectóloga
y coordinadora de estudios locales de la Fundación Huésped, indicó a
DocSalud.com que este fenómeno ocurre porque el virus “produce un estado de
inflamación crónico que, a nivel de los endotelios, se traducen en más
problemas cardiovasculares a futuro”. Y agregó que si bien este estado inflamatorio
puede mejorarse con el tratamiento, nunca lo va a detener por completo. “Por
este mecanismo se aconseja que toda persona al momento de llegar al diagnóstico
reciba antirretrovirales, más allá de que su nivel de CD4 sea bueno y que tenga
una carga viral baja”, indicó Patterson. De hecho, entre 2015 y 2016 se empezó
a tratar a todos los pacientes cuando hasta el año 2013 se trataba a aquellos
con menos de 200 CD4 en un milímetro cúbico de sangre. La infectóloga de
Fundación Huésped resaltó que es más factible mantener una buena calidad de
vida cuando se tratan a los pacientes con las defensas aún altas que con bajas,
debido a que pueden sufrir complicaciones al inicio del tratamiento.
Con relación a los antirretrovirales (ARV) Patterson, quien
está enfocada en la temática de los adultos mayores, relató que cualquier droga
de por sí envejece en el sentido de que existen algunas que pueden provocar
aumento de lípidos y de glucemia, resistencia insulínica y mayor propensión a
la osteoporosis por depresión del calcio. “Pero ningunas de las desventajas de
los ARV se comparan con los beneficios de tratar al paciente”, enfatizó.
María Cristina había llegado al diagnóstico de manera
tardía, pero agradece que su cuerpo siempre haya aceptado los tratamientos. Y
si bien fue constantemente prolija, la adherencia no fue fácil. “Empecé tomando
un cóctel de 15 a 16 drogas, y hoy tomo solo dos pastillas juntas. Los
tratamientos anteriores habían aumentado mis triglicéridos, por lo que tuve que
tomar otra medicación. Ahora, gracias al cambio de drogas se me normalizaron, y
estoy contentísima”, relató. Es que ahora se disponen de drogas cada vez
mejores y menos tóxicas.
A la vez de que los pacientes viven más, se suma que crecen
los diagnósticos en las personas adultas. De hecho, el último Boletín sobre
VIH, sida e ITS del Ministerio de Salud de la Nación, con cifras que llegan a
diciembre de 2017, mostró que el 21% de las mujeres que adquieren la infección
son mayores de 45 años. Y si bien los diagnósticos en los mayores de 50 no son
los más habituales, las cifras están en aumento.
El doctor Miguel Pedrola, coordinador de la ONG AIDS
Healthcare Foundation Argentina (AHF), lamentó que las campañas de prevención
“siempre estén dirigidas a los jóvenes, por lo que pareciera que la infección
es un problema de esta generación, pero los números hablan y debemos considerar
este grupo como un desafío para tomar conciencia”.
Para Patterson, este crecimiento se da porque “existe una
sociedad que invisibiliza a estas personas, pautas culturales que hacen que
este grupo etario piense que no puede tener VIH porque está asociado a
poblaciones determinadas y el no uso del condón (a veces, por la imposibilidad
de un embarazo tras la menopausia) porque prácticamente todos los adultos
mayores adquieren la infección por vía sexual”. A su vez, aclaró que en la
mujer “los cambios hormonales hacen que las mucosas sean más secas, lo que las
vuelven más susceptibles a desgarros y que se infecten con más facilidad debido
a que el virus ingresa por esa vía”.
Con todo, según el boletín, sí aumentaron la cantidad de
pruebas para el VIH, tanto en sus versiones tradicionales como rápidas, por lo
que más personas pueden llegar a conocer su situación. De hecho, el pasado 20
de enero, AHF Argentina desplegó en 15 ciudades diferentes “La Noche de los
Testeos”, en la que se realizaron 3.047
pruebas rápidas a pacientes de un promedio de entre 18 y 25 años. Aunque
Pedrola relató a DocSalud.com que “muchas abuelas acompañan a sus nietos a
realizarse el análisis, y después ellas mismas acceden al test, así como a los
condones que entregamos, y de este modo reforzamos el mensaje de que la edad no
es un impedimento para contraer VIH”.
Más allá de la mayor conciencia en la necesidad de
testearse, se estima que en el país 122.000 personas viven con VIH, pero el 30%
aún lo desconoce, y del total que sabe su situación, el 81% está en
tratamiento. El objetivo es llegar a la meta 90-90-90 planteada por ONUSIDA
para poner fin a la epidemia. En concreto se aspira a alcanzar al 90% de
diagnosticados, de los cuales el 90% estén bajo tratamiento y el 90% llegue a
cargas virales indetectables.
Desafíos del infectólogo como “médico de cabecera”
“Muchos especialistas en VIH comienzan a preocuparse por las
problemáticas asociadas al envejecimiento, porque no siempre es fácil encontrar
especialistas de confianza a los cuales derivar al paciente para que tenga el
soporte disciplinario que necesita”, indicó Patterson. Es que existen varios
desafíos a la hora de tratar las comorbilidades.
Con el paso del tiempo, las personas comienzan a estar
polimedicadas, pero algunas drogas o moléculas para tratar dolencias frecuentes
pueden interactuar con determinados antirretrovirales, por lo que el
infectólogo debe estar muy atento al seguimiento del paciente, lo que lo lleva,
poco a poco a ser una suerte de “médico de cabecera”.
“Los medicamentos con calcio para tratar o aliviar la
gastritis crónica puede disminuir la absorción de determinados ARV. Los
inhibidores de la bomba de protones, como el omeprazol, pueden también causar
interacciones farmacológicas. En estos casos, hay que instruir al paciente a
tomar ese medicamento fuera de los horarios de su tratamiento para el VIH, con
seis horas de diferencia, por lo que si se toman los ARV dos veces por día, se
debe tener un tercer horario para estos fármacos”, ejemplificó Patterson. Y eso
hace María Cristina, quien presenta gastritis crónica debido al historial de
comprimidos que tuvo que ingerir a lo largo de los años: toma el omeprazol a
las siete de la mañana, un poco más tarde la levotiroxina para tratar su
hipotiroidismo, y los antirretrovirales, 12 horas más tarde.
Lo mismo sucede con ciertos anticoagulantes para individuos
con problemas de trombosis, que en algunos casos no pueden darse en conjunto
con determinados cócteles. Con todo, los infectólogos deben estar en constante
comunicación con diferentes especialistas para tratar distintos problemas
asociados a la edad, entre ellos afecciones cardiovasculares –como infartos y
tromboembolismos-, hipertensión, diabetes, obesidad, aumento de lípidos,
osteoporosis y trastornos neurocognitivos asociados al VIH, que se traducen en
enlentecimiento de ideas, confusión y problemas de memoria.
“La infectología se volvió una especialidad
multidisciplinaria en la que hay que evaluar muy bien cada medicamento que el
paciente toma y tener un diálogo fluido con múltiples especialistas. Por
ejemplo, tenemos muchos pacientes con depresión, pero algunos psicotrópicos
pueden interactuar con los medicamentos, por lo que el psiquiatra debe estar capacitado para
saber qué prescribir y que no. También hay que dialogar con nutricionistas, porque
el paciente debe adoptar hábitos saludables, debido a que algunos medicamentos
aumentan el colesterol y no todas las estatinas pueden prescribirse, porque
algunas son capaces de producir rabdomiolisis (ruptura del tejido muscular que
libera una proteína dañina en sangre). También, en la práctica, tengo un fuerte
diálogo con los nefrólogos, que me consultan si determinados problemas renales
están asociados al tratamiento”, indicó Patterson.
Servicios especializados y entornos saludables como clave
Cómo los pacientes pueden ganar en calidad de vida es hoy la
clave. De hecho, Pedrola recuerda que la ONG internacional de la que forma
parte se llamaba en sus comienzos AIDS Hospice Foundation (AHF) al estar
asociada a la figura del “hospice”, lugar para ayudar a las personas “a morir
de la mejor manera posible”. Hoy la H remite a “healthcare” (cuidado de la
salud) en tiempos en que el mundo presta atención al envejecimiento
activo.
Uno de los temas abordados durante el Simposio Internacional
AGING IN HIV de la Fundación Huésped, que se llevó a cabo el pasado noviembre
en la Ciudad de Buenos Aires, fue la importancia de los centros de atención
integral para pacientes. Esta inquietud se instaló a nivel mundial y de hecho,
tanto en el país como en el exterior existen algunas clínicas que permiten un
mayor diálogo entre especialistas adentrados en VIH y evitan que los pacientes
deban trasladarse a distintos centros.
Entre los servicios ofrecidos se encuentran nutricionistas
que puedan dar dietas específicas asociadas a las comorbilidades así como
psicólogos y psiquiatras especializados en situaciones de estigma y pánico
asociados a la infección. No es menor el caso de los cirujanos plásticos y
dermatólogos especialistas en relleno para las áreas del rostro afectadas por
la lipodistrofia, una distribución irregular de la grasa del rostro por la toma
de medicamentos, en especial los más antiguos como al AZT, que hacían que un
paciente sano pudiera verse demacrado e impactar en su estado de ánimo. “Se
debe entender que estos servicios, que no suelen ser cubiertos por obras
sociales y prepagas, no remiten a una cuestión de vanidad, sino que la
lipodistrofia es un efecto de los fármacos y si el paciente se ve afectado por
un comentario negativo, puede repercutir en la adherencia al tratamiento”,
indicó Patterson.
A su vez resaltó que para que el paciente tenga una buena
evolución debe contar con un ambiente social adecuado, “porque si está sin
trabajo, está de duelo o con problemas familiares, es difícil”. Si está contenido,
le resultará más sencillo adoptar buenos hábitos higiénico-dietéticos, como por
ejemplo comer sano, no fumar ni abusar del alcohol.
De hecho, tras el diagnóstico, María Cristina hizo un cambio
radical. “Antes vivía acelerada y trabajaba muchísimo. Tomaba pastillas para
dormir y para despertarme. Ahora no tomo ninguna pastilla y duermo bien. Cambié
mi alimentación por los triglicéridos. Salvo por unos problemas de columna, me
siento perfecta. Tengo la suerte de tener mi pequeño negocio. Viajo sola por el
país y pude conocer el exterior gracias a mis hijas. Soy sociable, tengo
amistades muy buenas y me mantengo siempre activa. Me muevo en colectivo, hago
las compras con el changuito”, dijo. Y concluyó: “No digo que tengo una buena
vejez, porque no me siento vieja. Pero tengo una buena vida, soy feliz. A
quienes reciben un diagnóstico, les digo que sí, que el momento de recibir la
noticia es terrible, pero que no tengan miedo a enfrentar la enfermedad porque
se puede salir adelante. Yo lo hice”.
Fuente: Suplemento DocSalud (Ambito) - Ver más sobre VIH