martes, 1 de octubre de 2013

Jorge Enrique Cermesoni: juez ejemplar, cultor de la amistad

En este espacio, quiero recordar a una persona digna, respetuosa e inteligente, y con quien tuve el honor de trabajar cuando se desempeñó como adjunto del Defensor del Pueblo de la Nación.
    
(1938 - 2013)

Fue un juez ejemplar, un abogado agudísimo, un radical convencido y un gran profesor de Derecho Administrativo. Pero, por sobre todas las cosas, la profesión que más había cultivado Jorge Enrique Cermesoni, que falleció el pasado 26 de septiembre, fue la de hacer muy buenos amigos.

Enamorado del buen vivir, de las mesas bien servidas, de las largas sobremesas con sus amigos de siempre y con los que sumaba cada día, y eterno compañero de su esposa de toda la vida, Jorgelina Galarce, Cermesoni fue un hombre apasionado en todo lo que hizo.

Había nacido en 1938; se graduó de abogado, a los 23 años, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires y, años después, se especializó en derecho administrativo en la Universidad de Roma.

Pero quien más marcó aquellos primeros años de carrera y lo atrajo para siempre a la disciplina del derecho administrativo fue Miguel Marienhoff, uno de los maestros del Derecho más importantes que tuvo la Argentina.

Ya en la Justicia, tuvo un paso fugaz por el fuero Civil y Comercial Federal, pero su destino estaba en los tribunales federales en lo contencioso administrativo.

Allí se desempeñó, primero, como secretario del entonces juez federal Valerio Pico y, entre 1974 y 1978, fue nombrado titular del Juzgado Federal N° 2.

Juan Octavio Gauna, que entonces era secretario letrado de Cermesoni y que, años más tarde, sería procurador general de Raúl Alfonsín, alguna vez lo describió como juez de jueces.

Aquellos años eran difíciles, de enfrentamientos y de censuras. Pero Cermesoni era un hombre valiente, que se atrevió a levantar las clausuras de Satiricón y de otras publicaciones, así como también dejó sin efecto la prohibición de proyectar Piedra  Libre, la última película que dirigió Leopoldo Torre Nilsson.

En 1978, sin embargo, el gobierno de facto se negaba a aceptar su continuidad y Cermesoni renunció al cargo de juez.

Entre 1980 y 1984, fue miembro de la Comisión Nacional de Defensa de la Competencia y, luego, pasó a desempeñarse como abogado, para pasar a ejercer la abogacía.

Estaba claro que por sus contactos políticos y el culto que Cermesoni hacía de la amistad fiel, podía haber continuado en la función pública. Él siempre fue un ferviente radical y uno de sus miles de amigos, Raúl Alfonsín, había asumido la Presidencia.

Pero Cermesoni tenía un perfil mucho más bajo. Cumplió con un pedido que le encomendó el mandatario: velar por el buen desempeño profesional de uno de sus hijos, Javier Alfonsín, a quien Cermesoni incorporó a su estudio jurídico -una relación estrecha que también se extendió a los otros hijos del caudillo radical, Ricardo y Raúl- y fue uno de los hombres de confianza más consultados por el ex presidente.

Fue en esas conversaciones reservadas que Cermesoni hizo escuchar su consejo para que Alfonsín designara a Enrique Petracchi y a Jorge Bacqué como ministros de la nueva Corte Suprema y la historia probaría que el consejo de Cermesoni, una vez más, había sido acertado.

Ya como abogado, Cermesoni estuvo estrechamente vinculado con el estudio jurídico Remaggi, Pico, Jessen & Asociados. Mucho más cerca en el tiempo, Cermesoni se desempeñó como adjunto de la Defensoría del Pueblo de la Nación, durante la gestión del menemismo y de la Alianza.

Pero si ése fue el Cermesoni profesional, el hombre dejó a su paso una estela de afectos y recuerdos que permanecerán inalterables. Nadie podía ayer dejar de recordar la alegría que caracterizaba sus conversaciones en el Jockey Club; sus largos almuerzos, en rueda de amigos, en la Munich de Recoleta, en el Casal de Cataluña o sus veranos en Punta del Este.

Nunca, ni el peor momento de sus tres años de dolorosa enfermedad, Cermesoni jamás se quiso permitir el lujo de perder su sencillez, su cordialidad y, en definitiva, toda esa bonhomía que lo definió toda la vida.

Fuente: Diario La Nación