Se cumple un año desde el descubrimiento del brote más
mortífero de este virus.
Pero las estadísticas de wikipedia se hacen carne en la
selva. Este patógeno llegó a la aldea de Dumakbe en el cuerpo de un joven que
venía enfermo de una aldea cercana. Era julio y la OMS aún no había decretado
el estado de emergencia de salud pública. En pocas horas este Macondo africano
se convirtió en una fotografía a escala de lo que estaba pasando en Guinea,
Liberia y Sierra Leona. "No había sitio a donde ir. No sabíamos a qué mal
nos enfrentábamos. No teníamos medicamentos", dice Mohamed Sannoh, el jefe
de la aldea. "La gente moría con vómitos y diarrea sangrienta dos o tres
días después". De 600 habitantes se infectaron 30. Sin trajes de
protección y actuando a ciegas, murieron 26 personas, 19 de ellas mujeres
cuidadoras de los afectados, las víctimas favoritas del virus. Las cuatro
supervivientes, Bindu Sawke, Kule Belai, Mamina Yakatane y Dambiata Sannoh,
recitan sus nombres contando con los dedos de las manos.
No es fácil llegar hasta aquí ni salir de aquí. Son 14 horas
de viaje de ida y 14 de vuelta desde la capital por caminos infames. Cada
traslado de enfermos es una heroicidad. Y aún hay decenas de bolsas de ébola
como estas en Guinea y Sierra Leona, los dos países más afectados en estos
momentos por el virus. "Conseguir acabar con el virus en estas regiones
remotas es todo un desafío. Puede llevar meses, incluso años", dice David
del Campo, director de programas de Save the Children. "Si la gente cree
que hemos vencido ya al virus, está muy equivocada. Nos encontramos en una fase
delicada. Si se nos escapa alguna secuencia de contagios la enfermedad puede
volver a hacerse fuerte. El objetivo es que no perviva como un mal
endémico".
El ébola ha dejado aquí una legión de huérfanos (los 11
hijos de Bindu, por ejemplo), que se unen a los 16.000 que ha provocado el
virus desde que dio la cara. Pero los supervivientes arrastrarán daños físicos
de por vida: pesadillas, ataques de pánico, incluso ceguera en algunos casos,
tan invidentes como los niños de la escuela Milton Margai.
Hace ahora un año un científico de la OMS miró en su
electromicroscopio y vio un patógeno con forma de gusano, una forma extraña
para un virus. Era una de las muestras de aquellos que comenzaron a morir en
las primeras semanas de 2014, de forma extraña, en la triple frontera entre
Guinea, Sierra Leona y Liberia. Era el ébola, uno de los virus más letales y
temidos por el ser humano. Lo que sucedió a partir de aquel momento tiene que
ver con la dejadez y la pasividad. Esta organización, la autoridad sanitaria mundial,
tardó cinco meses en reaccionar a pesar de que organizaciones como MSF y Save
the Children alertaban sobre el terreno de que la plaga se movía imparable.
Se produjeron más de mil muertes en tres países diferentes
antes de que la OMS declarara el estado de emergencia de salud pública. Los
gobiernos de estos países, con servicios de salud precarios o inexistentes en
muchas regiones, pasaron de la negación al espanto. Cada entierro era una nueva
fuente de contagio, cada médico que atendía a un enfermo era una nueva víctima.
"Esta epidemia debería enseñarnos cómo responder a tiempo", dice
Asunción Martínez, la jefa de operaciones del centro de tratamiento de Kerry
Town, una de las bolsas en las que aún quedan enfermos de ébola: "Soy optimista
con esta lucha, pero no me atrevo a valorar cuánto tardaremos en acabar con
todos los casos. Esta enfermedad no te da tregua. Cuándo crees que has vencido
llegan 10 contagiados de golpe y tienes que volver a empezar".
Este centro de Kerry Town, el segundo más grande construido
en esta crisis, ha estado lleno hasta hace unas semanas. Ahora descienden los
casos y el gobierno se plantea abrir las escuelas y comenzar a normalizar la
vida congelada en la que está sumida Sierra Leona. "Es algo muy
complejo", dice David del Campo. "Con 12.000 trabajadores de la
educación inmersos en la lucha contra el ébola no sabemos qué trabajadores
usarán en las escuelas. Habrá que medir la temperatura a todos los niños todos
los días. Y evitar que jueguen en el recreo y se toquen, algo impensable".
En este centro han ido estudiando el comportamiento del
virus para combatirlo mejor. Los primeros días murieron el 100% de enfermos. A
las semanas ya había descendido al 52%. Hoy está en torno al 30%. Al principio
a los doctores les resultaba inexplicable porqué los que más rápido morían eran
los hombres jóvenes y fuertes. La razón es la siguiente: al tener mejor salud
demoraban más su ingreso. Cuando llegaban, estaban en fase tres: ya era tarde.
Conforme baja el número de enfermos crece otra preocupación:
mucha gente ha encontrado trabajo gracias a la epidemia. La perspectiva de la
retirada de las ONG resulta por un lado motivo de alivio por la victoria contra
el virus, pero también de inquietud. Muchos jóvenes cobran más ahora de lo que
percibirán en toda su vida. "El final del ébola va a ser un problema para
nosotros", admite un higienista del centro de Kerry Town. "Si cierran
los hospitales, tendremos que emigrar a Europa".
En 38 años, sólo 1.500 personas habían muerto de ébola. Hoy
son más de 10.000 fallecidos oficiales (extraoficiales pueden ser el triple
según los expertos) y la epidemia está lejos de su final. Los medios llegaron
tarde, pero llegaron. Los médicos cubanos hicieron el trabajo más duro en pleno
pico de pánico. El ejército estadounidense, británico y francés han levantado
hospitales por las regiones afectadas. Profesionales de muchas ONG se han
jugado la vida por contener la epidemia y algunos la han perdido. Mientras
tanto, los gobiernos locales se han gastado el dinero que no tienen, mientras
que países como España se han limitado, en el mejor de los casos, a blindar su
frontera. Como si eso pudiera evitar otro contagio como el de Teresa Romero.
Fuente: Diario El Mundo - Ver más sobre Ébola