El aumento de los problemas crónicos pone en peligro vidas,
familias y economías enteras.
El aumento de los problemas crónicos de salud pone en
peligro vidas, familias y economías enteras. Un informe reciente de la Cámara
de Comercio de Estados Unidos calcula que “el coste para la productividad [de
las enfermedades no transmisibles] es alto en todos los países examinados (una
media del 6,5% del PIB), y se prevé un incremento en casi todos”. Se refiere a
los trabajadores que faltan porque están enfermos, trabajan sin estar a pleno
rendimiento o tienen que jubilarse prematuramente por problemas de salud.
Aun así, los Gobiernos y las organizaciones internacionales
de salud suelen dedicar su atención y sus recursos a enfermedades agudas y
contagiosas como el zika, que asustan y son noticia, sobre todo cuando empiezan
a afectar a los países ricos. Pero los problemas crónicos y asociados al estilo
de vida, como la diabetes, las enfermedades coronarias, la hipertensión y el
cáncer, tienen una repercusión mucho más profunda y duradera en la salud física
y económica de un país. Al no haber una crisis ni interés mediático, se ocupan
menos de ellos. Y los enormes recortes presupuestarios en la OMS no ayudan.
Como es lógico, los países en vías de desarrollo serán los
que más sufran las consecuencias políticas y económicas del aumento de
enfermedades no transmisibles. Cuando su población sale de la pobreza, cambia
su dieta y su estilo de vida y envejece, empieza a desarrollar las enfermedades
crónicas del mundo desarrollado. La diabetes, por ejemplo, empieza a preocupar
más que la malaria.
Sin embargo, los costes de las políticas sanitarias hacen
que sea muy arriesgado introducir cambios. Son países en los que la gente gasta
en medicina casi tanto como en alimentos. Se calcula que, cada año, el gasto
sanitario hace que 150 millones de personas vuelvan a caer en la pobreza.
Problemas como la diabetes, las enfermedades coronarias, la hipertensión y el cáncer tienen una repercusión mucho más profunda la salud física y económica de un país
Los Gobiernos deben empezar a tomar medidas. Construir
infraestructuras sanitarias cuesta tiempo. En el próximo decenio, a medida que
los ciudadanos salgan de la pobreza, las clases medias crezcan y aumenten las
expectativas de mejores servicios, los Gobiernos que estén retrasados en la
creación de una buena red sanitaria se arriesgarán a la inestabilidad.
Por ejemplo, en Brasil, que ya cuenta con una clase media
inquieta, se ha hecho poco para mejorar la sanidad desde el Gobierno de
Cardoso, en los años noventa, aparte de importar a médicos cubanos. En Arabia
Saudí, las medidas de austeridad para contrarrestar la bajada de los precios
del petróleo dificultarán el papel tradicional del Gobierno como proveedor de
valiosos servicios a su gente.
Turquía es una excepción. El presidente Erdogan y el partido
AKP han establecido un programa de salud bien pensado y dotado. Por su parte,
China es consciente de la necesidad de asignar recursos a mejorar las
infraestructuras médicas y la asistencia sanitaria para más gente. El Gobierno
de Xi Jinping se toma la reforma sanitaria en serio, pero, hasta ahora, casi
todas sus medidas se han centrado en el acceso a los medicamentos y la rebaja
de costes para los consumidores, más que en ampliar la cobertura y abordar el
aumento de las enfermedades crónicas.
Existen algunos motivos para el optimismo. Incluso los
Gobiernos que no invierten lo suficiente en la formación de médicos y la
construcción de hospitales y residencias sí están ocupándose de mejorar la
calidad del aire, el agua y el tratamiento de residuos, y eso mejorará la salud
de la población, aunque sea de forma indirecta. Pero esos cambios no bastan
para satisfacer la demanda creciente, en muchos países, de una red social
sanitaria hasta ahora inexistente.
Los Gobiernos no suelen actuar hasta que no se sienten
obligados a hacerlo. Pero el aumento de los problemas crónicos de salud en los
países en desarrollo es una tormenta que ya asoma en el horizonte.
Fuente: Diario El País